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Teología y Eclesiología

por Guillermo Green

¿Tiene relación nuestra posición teológica con nuestro concepto de la iglesia?  Por supuesto que sí, aunque muchos pastores y líderes no le prestan suficiente atención.

Introducción – El término “eclesiología” es una palabra probablemente desconocida por muchos cristianos, y aún muchos líderes. Hoy se enfoca mucho en ciertos temas teológicos, pero la “eclesiología” no es uno de ellos.

La biblia está llena de “eclesiología”.  Uno de los términos más comunes para describir el pueblo de Dios es “congregación” – un término que presupone mucho en cuanto a la identidad, orígen, propósito y futuro de la Iglesia. Jesucristo resume su misión diciendo, “… sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 18:18).  Y el apóstol Pablo coloca la iglesia en el lugar más prominente posible cuando explica lo que Dios hizo en Cristo: “… sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22,23).

En pocas palabras, la “teología bíblica” incluye muchos conceptos acerca de la iglesia.  Esto es “eclesiología”.

Lo que queremos destacar aquí, entonces, es la relación entre la teología y la eclesiología (el concepto de la iglesia).  Porque el uno afecta el otro por necesidad.  Y como estamos experimentando hoy en América Latina una ‘nueva Reforma’ (esta vez por necesidad en el seno de la iglesia ‘evangélica’), creo que es necesario conocer la historia para no repetir sus tristes errores.

Existen varios ejemplos del tiempo de la Reforma protestante del siglo 16 que podríamos destacar.  Por ejemplo, cuando Andreas Carlstadt (1486-1541) comienza a separarse de Lutero en su teología, su concepto de la iglesia caminó con él.  Quitó el concepto de “oficio” en la iglesia (pastores, ancianos) y quería ser llamado sencillamente “hermano Andreas”. Colaboró con el anabautista Melchior Hoffman (ver abajo).  A pesar de ser un erudito, su teología más y más distanciada de Lutero lo llevó también a un concepto más individualista de la iglesia.  En su pastorado corto en  Orlamünde, practicó un concepto completamente congregacionalista y “personalista”, implementando sus propias “reformas” sin consideración de cualquier unidad de las iglesias, ni autoridad eclesial cooperativa.  Se levantó como “profeta” solitario.  El resto de su vida fue considerablemente inestable, aunque fue acogido en Basel al final de su vida, donde murió de la peste en 1541.

Melchior Hoffman (1495-1543) es un ejemplo mucho más radical.  Nunca recibió ninguna preparación teológica, pero se auto-proclamó “predicador” y comenzó en Alemania.  Después de causar disturbios, anduvo predicando en Suecia, Dinamarca, y luego en Estrasburgo.  Tras una profecía fallida que Cristo volvería en el año 1533 directamente a Estrasburgo, la iglesia de esa ciudad le presentó una confesión de fe (Reformada) para que se suscribiera a ella.  Se negó a hacerlo.  Se consideraba por encima de la iglesia, con conocimientos “especiales” de las cosas espirituales.  No sentía ninguna obligación de someter su fe a alguna confesión escrita, ni mucho menos a algún cuerpo eclesiástico.  Su teología era igual que su eclesiología: totalmente personalizadas, centradas en él solamente.  La conclusión lógica de una teología personal es una eclesiología inventada para servir al insujeto.

La historia posterior se deteriora cuando otros recogen las tendencias apocalípticas de Hoffman.  Hombres como Bernhard Rothmann, Jan Mathys y Juan de Leiden revolucionan la ciudad de Münster, rebautizando a miles, estableciendo una teocracia militante, legalizando la poligamia, y persiguiendo a cualquiera que no estuviera de acuerdo con ellos.  Esperaban que la Nueva Jerusalén descendiera sobre Münster.  La ciudad fue sitiada durante un año, terminó en un baño de sangre, y los líderes muertos.  Tan dañino fue considerado el anabautismo por este horrible testimonio, que la mayoría de las ciudades y países lo declararon ilegal.  Los grupos de anabautistas posteriormente bajaron el tono de su discurso anárquico, y algunos adoptaron posiciones de completo pacifismo.  Estos son los antecesores de los actuales menonitas.

El punto de todo esto es la relación entre teología y eclesiología.  Entre más desviada la teología, más desastrosa su eclesiología, o sea, el concepto de iglesia.  Esto mismo lo vemos a lo largo de toda la historia, hasta el presente día.

Ahora bien, lo contrario también es evidente.  Entre más centrada esté la teología en la biblia, más coherente y más bíblica tiende a ser la eclesiología.  A pesar de sus diferencias, tanto los luteranos (Alemania), como los reformados (Suiza, Holanda, Francia), como los presbiterianos (Escocia) – todos – desarrollaron una eclesiología seria que estaba intimamente relacionada con su teología.  La teología de una iglesia le dice qué cree, y la eclesiología de una iglesia indica cómo vivir su fe en el mundo.  Ambos deben nutrirse mutuamente.  La teología debe ser tan vital y bíblica, que la práctica (la eclesiología) refleja lo mismo con acciones efectivas de servicio cristiano.  Una buena teología sin una buena eclesiología contribuye a energías gastadas de formas innecesarias.  El rôl de la eclesiología es guardar la iglesia del abuso humano para que pueda servir al Señor sin atrasos innecesarios, guardando el rebaño dentro del cuidado de nuestro Pastor, Jesucristo, y enfocando la iglesia en su verdadera esencia y tarea.

Aunque sea una tristeza, se puede ver lo efectivo de la “buena” eclesiología en las iglesias luteranas y reformadas liberales.  Aunque perdieron su teología bíblica hace mucho tiempo, la fuerza de su eclesiología sigue permitiéndoles servir unidos a su (nueva) causa (liberal).  Pero esto ilustra la potencia que tiene la eclesiología.  Sirve como factor unificador y un refuerzo para su “misión”.  Es precisamente por la fuerza de su eclesiología que las iglesias liberales luteranas,  reformadas y presbiterianas siguen presentando tan grande amenaza.  Las iglesias herejes sin eclesiología no presentan el mismo peligro.  Su desorden eclesiológico los deja como unos terroristas aislados que pueden hacer daños esporádicos.  Pero las iglesias liberales se presentan como todo un ejército unido con una fuerza mucho mayor para hacer daño.  La historia reciente en América Latina da testimonio de lo difícil que ha sido, y es, de protegerse del liberalismo, por ejemplo, de la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA).  Y es precisamente la herencia de sus raíces reformadas la que forma este fundamento.

Es digno de notar que todos los principales reformadores, al romper con Roma, no produjeron cinco puntos de calvinismo, o cinco puntos de luteranismo.  Todos laboraron en reconstruir una teología bíblica completa, incluyendo el concepto bíblico de la iglesia.  Consideraban el concepto de la iglesia como una parte sumamente integral a la teología protestante.  Casi el Cuarto Libro entero de la Institución de Calvino trata de la iglesia.

Precisamente en este punto está la debilidad presente.  Muchas iglesias evangélicas carecen de conceptos claros de eclesiología.  Especialmente las iglesias independientes tienden más en la dirección de Melchior Hoffman que Juan Calvino, siendo su eclesiología “personalista”, es decir, la organización depende de la “persona” del pastor.

Cuando un cristiano se acerca al calvinismo, lo primero que lo impacta es el contenido de su teología.  Esto es normal, porque es casi como ¡un renacimiento!  El peligro sería quedarse ahí.  Y el peligro es real, porque el contexto del cual muchos salen no tenían concepto de eclesiología.  Su eclesiología no era algo pensado, ni estudiado, ni consciente.  De modo que la nueva generación de “calvinistas” ni siquiera están preguntando sobre eclesiología.  Y es posible que en su búsqueda de una teología sana y bíblica, no lean obras completas, sino “temas” doctrinales.  Aunque algunos favoritos, como R.C. Sproul, sí tiene conferencias y libros sobre ecclesiología, no encuentro muchos que se interesan por el tema.  Empero, debemos reconocer que todos los teólogos Reformados de peso siempre han incluído este tema en su teología.  Podemos pensar en Calvino, Charles Hodge, R.B Kuiper (ver su excelente libro, El Cuerpo Glorioso de Cristo), y casi todos los demás.

La Reforma Protestante del siglo 16 no produjo una  respuesta unificada a Roma, aunque debiera haberlo hecho.  Produjo luteranos, reformados, anabautistas, socianos, y anglicanos.  Y la crítica de los Católicos hasta hoy es “el protestantismo produce caos en la iglesia, porque cada uno hace lo que quiere”.  Esta crítica, por ser en alguna medida cierta, no debería haber pasado.  ¿Acaso la Palabra de Dios no es clara, tanto en su teología como en su enseñanza sobre la iglesia?  Si creemos que la biblia es clarísima sobre la justificación por la fe, ¿por qué no creemos que lo sea sobre la iglesia por la cual murió Jesucristo?  Lo que pasa es que muchos (incluyendo al mismo Lutero) permitieron que las opiniones personales prevalecieran por encima de una visión consistentemente bíblica de la iglesia.  Para el crédito de Calvino, él estaba dispuesto a soportar perspectivas que él consideraba “absurdas” (por ejemplo, el concepto del cuerpo ubicuo de Cristo en la Cena, según Lutero) con tal de mantener las iglesias protestantes unidas.  A mi concepto, la eclesiología de Calvino era más bíblica y él era más consistente con su teología / eclesiología de lo que fue Lutero.  La historia del protestantismo pudiera haber sido muy diferente si todos hubieran tenido la misma humildad y compromiso que Calvino.

Desafortunadamente la historia de los “reformados” ha sido demasiado plagado por cismas, divisiones y pleitos internos sobre asuntos, que a la luz de la historia, se ven simplemente como pecaminosos.  En esto los reformados históricos son más culpables, porque tienen acceso a una buena eclesiología.  Hubo momentos en que los fieles creyentes tenían que abandonar iglesias apóstatas.  Pero hubo otros momentos en que se dividieron por capricho, o asuntos de importancia inferior.

La pregunta para nuestro tiempo es: ¿repitiremos los errores del siglo 16 o siglos posteriores, con el caos eclesial que produjo?  Recordemos que los más radicales y desastrosos comenzaron todos unidos a Lutero con algunos conceptos básicos del Evangelio.  Pero su falta de unir buena teología con una buena eclesiología los llevó no sólo al desastre para sus seguidores, sino al mal testimonio ante el mundo. No hay teología reformada sin eclesiología reformada. Los grandes sínodos de Dort y de Westminster reconocieron esto, e incluyeron no sólo artículos sobre la iglesia, sino Órdenes eclesiales, como parte de sus labores.  Si el lider de una congregación ignora la relación entre su teología y su eclesiología, tenga por seguro que el fruto a mediano o largo plazo será el mismo que ya hemos visto en la historia: desintegración, división, desvío y posiblemente peor fruto aún.

Principios centrales

Daremos un brevísimo resumen de los elementos más básicos de una eclesiología bíblica.  El lector haría bien en consultar libros como El cuerpo glorioso de Cristo, por R.B. Kuiper (TELL), y ¿Qué es el presbiterianismo? por Charles Hodge (CLIR).  Considero que sus tratamientos se fundamentan muy bien en la Palabra de Dios.

La unidad de la Iglesia

El primer elemento sobre la Iglesia que se nos presenta de principio a fin es la unidad esencial de la Iglesia bajo Jesucristo.  Hay una sola cabeza, y un sólo cuerpo.  La Iglesia es “familia, rebaño, templo, pueblo, nación santa, real sacerdocio” – una sola, bajo el mando y la protección de nuestro Rey, Jesucristo.

Esta unidad implica igualdad de todo hermano ante el Señor, y el mutuo compromiso los unos con los otros.  Son muchos los pasajes que presuponen la unidad de la iglesia, aún fuera de la congregación local.  De la misma manera que no podemos imaginar a un cristiano solitario sin iglesia, de la misma manera no podemos imaginar una congregación solitaria que no sea parte de otras congregaciones.

Es importante notar que las cartas escritas por los apóstoles se aplicaban a toda la iglesia, aún dónde no habían viajado.  Pablo escribe a la iglesia en Roma antes de haber ido.  Pedro escribe a las congregaciones en Galacia donde laboró Pablo.  Si bien hoy no tenemos a los apóstoles con nosotros, seguimos predicando la misma Palabra de ellos a toda la iglesia.  El señorío de Cristo, ejercido por su Palabra, exige un concepto radical de la unidad de la Iglesia.

“(La Iglesia) es un cuerpo, una familia, un rebaño, un reino.  Es uno porque está saturado por un solo Espíritu.  Somos todos bautizados en un mismo Espíritu para llegar a estar, dice el apóstol, en el cuerpo.  Esta morada del Espíritu, que une así a todos los miembros del cuerpo de Cristo, produce no solo esta unión subjetiva o interior que se manifiesta en la simpatía y el afecto, en la unidad de la fe y el amor, sino también en unión exterior y comunión … Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él.  Todos esto es cierto, no solo de aquellos que frecuentan el mismo lugar de culto, sino del cuerpo universal de los creyentes.  De manera que una iglesia independiente es un solecismo tan grande como un cristiano independiente, o como un dedo independiente del cuerpo humano, o una rama independiente de un árbol” (Hodge, Presbiterianismo, 73)

 El mandato de someternos unos a otros

La esencia del cristianismo exige la mutua sumisión unos a otros.  Cristo ha derramado su Espíritu por igual a la Iglesia entera; no hay algunos que son más “ungidos” que otros (ver 1 Juan 2:20,27).  No hay vicarios de Cristo en la tierra.  No hace falta, ya que Jesucristo está presente mediante su Palabra y su Espíritu.  De modo que los cristianos necesitan ejercer humildad unos para con otros, porque ninguno ha sido nombrado representante de Cristo en la tierra.  ¡El se representa a sí mismo!

El principio de mutua sumisión exige lazos entre las congregaciones, y una relación entre oficiales (pastores y ancianos) más allá de la congregación local.  Si todo cristiano debe someterse a otro, todo anciano o pastor también debe someterse a otro.  Por eso los consejos locales (juntas, o ‘consistorios’) deben someterse a consejos regionales, y los regionales a los nacionales.  Este es el principio de lo que se ha llamado el “presbiterianismo”.  Si la Iglesia terrenal fuera perfecta, un asunto de trascendencia podría llegar en teoría a un sínodo mundial.  De hecho, el Sínodo de Dort tuvo la representación de por lo menos 6 o 7 países para debatir el asunto importantísimo del arminianismo.  En nuestro mundo real, la mayoría estamos limitados por varios factores a los límites nacionales de nuestro país.

La forma de gobierno que se llama “congregacionalismo” establece un gobierno local solamente.  Posiblemente los líderes de tal iglesia buscan comunión con otras iglesias afines a su teología, pero permanecen como cuerpos autónomos.  No hay ninguna “inherencia” externa posible sobre la congregación.  Esta forma de gobierno tiene dos peligros serios.  En primer lugar, un miembro de la iglesia que ha sido ofendido por un anciano o pastor, no tiene recurso alguno.  No hay ningún consejo a quien apelar, no hay quien pueda intermediar con autoridad.  El congregacionalismo provee una sola solución ante un verdadero agravio: abandonar la iglesia.  Esto no es “resolver” nada.  Y no se protege el rebaño del posible abuso del liderazgo.

En segundo lugar, los mismos oficiales de la congregación sólo son responsables unos ante otros. En un conflicto interno insoluble – sea doctrinal o de conducta – no hay ningún otro cuerpo eclesiástico a quién apelar, ni que pueda intervenir.  Estos son los famosos casos en que las iglesias se dividen, unos siguiendo a uno, y otros siguiendo a otro.  El congregacionalismo ha sido fuente de división y cisma de incontables grupos a lo largo de nuestro continente.

Cuando surgió el debate fuerte en Antioquía sobre si los gentiles debían ser circuncidados, no pretendieron resolver el problema localmente.  Imagínese que Pablo se hubiera cerrado, y los judaizantes también, sin llamar una asamblea general de la iglesia (Hechos 15).  Ahí mismo habríamos tenido la primera división de la Iglesia.  Sin embargo, no intentaron resolver este tema tan importante para toda la iglesia, sino que se llamó un “sínodo”, se definió la posición de la iglesia de ahí en adelante, y fue una decisión que se aplicaba para toda la Iglesia.

La sumisión mutua no se aplica sólo entre individuos.  Los pastores y ancianos tienen un deber de someterse a otros pastores y ancianos que Dios ha llamado.  El congregacionalismo levanta un impedimento para esta sumisión mutua.  Tanto el principio de unidad, como de mutua sumisión, impulsa un gobierno eclesial en que las iglesias locales se someten a un cuerpo de iglesias regionales, y las regionales a un cuerpo nacional.

El oficio de “presbítero” o “anciano”

El Nuevo Testamento deja claro que Cristo mismo ha establecido el oficio de anciano (‘presbítero’ en griego) y pastor para gobernar la Iglesia y ejercer su autoridad de la Palabra (1 Timoteo 3:1-7; Efesios 4:11,12).  Es claro en la biblia que la Iglesia toda tiene la responsabilidad de velar que sus ministros sean adecuadamente preparados, y no sólo la congregación local.  Pablo instruye a sus dos discípulos, Timoteo y Tito, sobre la importancia de preparar e instalar ancianos en todas las iglesias.  Se entiende que ellos no hacían esto sólos, sino que debían vigilar que se hiciera con orden. De hecho, Timoteo mismo había sido comisionado por “el presbiterio” (1 Timoteo 4:14).  Interesantemente, ni Pablo, aunque fue apóstol, asignó a Timoteo, sino que fue el conjunto de presbíteros que tuvieron que dar su visto bueno.  Sabemos por la historia, que los “presbiterios” eran el conjunto de ancianos en una región que ministraban en varias congregaciones locales.

Dios sabe lo mejor para su rebaño.  Sabe que el favoritismo, el nepotismo y las relaciones amistosas son tentaciones grandes dentro de las congregaciones locales.  Se minimizan estas tentaciones cuando las congregaciones y los oficiales son responsables mutuamente ante otros.

Conclusión

Dice Charles Hodge que es posible forzar una planta para que crezca contra su naturaleza, pero tanto su crecimiento como su fruto serán truncados.  De igual manera es posible tratar de forzar una congregación a servir a Dios de una manera contraria a su naturaleza, y aún contraria a las implicaciones de su propia teología.  Puede haber buena teología con una eclesiología débil.  Pero habría más y mejor fruto si se le diera todo el apoyo que su naturaleza interna pide.

La teología Reformada contiene en sí el pleno reconocimiento de la naturaleza de la Iglesia según las enseñanzas bíblicas.  Apunta hacia lo que en la historia se ha llamado el “presbiterianismo”, que reconoce el sacerdocio de todo creyente y la importancia de la iglesia local por un lado, y por otro lado la unidad de la iglesia y la importancia de la mutua sumisión a nivel más ámplio de la iglesia local.  El “presbiterio” y la “Asamblea General” aseguran que los principios de unidad y sumisión mutua tengan su pleno ejercicio, que tanto los miembros como los oficiales sean protegidos, y que la Iglesia del Señor sea encaminada de forma sana y bíblica.

Teología y Eclesiología.  Van de la mano.

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¿Financiando cambio de sexo?

¿Hasta dónde tiene derecho el Estado a usar dinero de los cristianos?

Por Guillermo Green

Ahorita en Costa Rica hay una propuesta  para que el servicio médico estatal (La CCSS) financie operaciones para cambio de sexo.  De pronto los cristianos están enfrentados con ser participantes forzosos de prácticas que bíblicamente son contrarias a la ley de Dios.  Quisiera notar un par de cosas que son relevantes a este caso.

Primero:  Desde el principio leemos que Dios creó al hombre “varón y hembra”, y en la biblia encontramos varias referencias a que los hombres no confundan los sexos.  Por ejemplo, mujeres y hombres no deberían vestirse con ropa contraria (Deuteronomio 22:5).  Tampoco debían cambiar relaciones heterosexuales por relaciones homosexuales (Levítico 18:22; 20:13).  Las relaciones sexuales debían respetar la distinción que Dios hizo desde el principio.  Además, Pablo llama “anti-natural” la relación homosexual, porque lo “natural” es lo que Dios hizo desde el principio (Romanos 1:25-28).  Se califican como “vergonzosos”, porque no cuentan con una justificación del Dios que nos creó hombre o mujer.  Al ser ilegítimas, acarrean culpa, que en el día de juicio se volverá vergüenza profunda ante los ojos del Dios puro y santo.  Por lo tanto, la propuesta ante la CCSS es claramente contraria a la biblia y los propósitos de Dios.

Segundo: Pero aparte de las declaraciones bíblicas, la ciencia de la genética junto con la biología ha demostrado sin lugar a duda que el “sexo” de una persona no puede ser cambiado.  Desde el momento de concepción cada célula del cuerpo humano contiene cromosomas XY o XX.  Mutilar el cuerpo, o inyectarlo de testosterona o estrogeno, no modifica en nada el código genético que cada humano tiene.  Proponer un “cambio de sexo” es un absurdo.  Por lo tanto, las mal-llamadas “operaciones para cambiar el sexo” no son ni más ni menos que cirugías estéticas (si no, mutiliaciones verdaderas).

Tercero – Dado que cortarse el pene o ponerse pechos artificiales es un gusto y no un asunto de enfermedad, y dado que la CCSS no da abasto con atender casos de enfermedades reales, y dado que la CCSS ni siquiera provee muchas medicinas necesarias para personas con enfermedades (algunas graves en necesidad de medicinas caras), no sé con qué lógica se podría aprobar este servicio.  PERO, si se aprueba, se sigue que cualquiera que se considera esto o lo otro también tiene derecho a todo tipo de cirugía plastica.  Esta propuesta implicaría que los gordos que se consideran flacos pero no lo son, deben tener derecho a la liposucción gratis y cualquier otro.  Implica que los feos que se imaginan bonitos pero no lo son, tienen derecho a reconstrucción gratis de su cara.  Etc, etc.  ¿Dónde para esto?

El problema de fondo de las sociedades occidentales estriba en algo muy sencillo.  Habiendo tenido algún sentido de que la biblia establecía el fundamento para la sociedad humana, hemos desechado ese fundamento por un fundamento relativista. Ahora sin fundamento externo, quedamos simplemente con la “ley del más fuerte”.  Ahora se hará según el que más grita, el que más paga, o el que más oprime.

¡Bienvenido a la nueva ‘libertad’!  Sólo un retorno a la Palabra infalible, sabia y justa – la biblia – pondrá orden a esto.

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Ideología de género y el abandono de la razón

por Guillermo Green

Uno se pregunta “¿hasta dónde puede llegar el asunto?” No creo que yo sea el único que haga esta pregunta.  ¿Hasta qué punto una sociedad puede desechar lo racional sin colapsar?  Claro, al pensarlo bien, la historia nos trae tristes recuerdos de esto mismo, algo que aparentemente muchas personas están ignorando: Hitler, Stalin, Mao – todos ellos “re-construyeron” las categorías sociales utilizando el lenguaje como primera herramienta para imponer sus sinsentidos (irracionales).  Y no fueron bonitas las consecuencias de sus imposiciones irracionales.

Doy un ejemplo más y más común.  Ayer estaba colaborando con abrir una nueva cuenta de correo en gmail con un amigo, y llenando la información me pidió “sexo”.  Al abrir la pestaña nos encontramos cuatro opiciones:  “Hombre”, “Mujer”, “Otro”, “Prefiero no decir”.  ¿?

El “Prefiero no decir” no me molesta, especialmente dado que la CIA y todos los demás nos están espiando, hasta por medio del mismo teléfono (supuestamente).  Pero la opción que me llamó la atención fue “Otro”.  ¡Ni hombre, ni mujer!  ¿Cuántos “otros” habría?  ¿Hasta qué punto lo “otro” llega?  Escuchamos más y más las listas de diferentes “géneros”:  todos los LGBTIPNZA (para los que no están actualizados con los “avances” en la irracionalidad sobre género:  “P” – pederastas;  “N” – necrofilio; “Z” – zoofilio; “A” – andrógino).

Ahora al punto de todo.  Si existen entre ocho y veinte géneros que cumplen con marcar mi “sexo”, y estos mismos géneros son fluídos, no fijos, ¿para qué incluir el sexo de la persona?  Se hace irrelevante.  Aparte de la cuestión si se necesita para abrir una cuenta de correo, estas mismas cosas vienen en documentos que anteriormente SI importaba – como por ejemplo su cédula de identidad.  ¿Se puede imaginar alguien tratando de describir un homicidio o un crimen con las categorías mencionadas arriba?  ¿Se puede imaginar tratando de pedir información sobre los detalles de una persona que ha robado?  Si no se le puede describir como “un hombre” o “una mujer”, hemos perdido la capacidad MAS BASICA de poder comunicar información sobre los seres humanos.  Irracionalidad.

La ideología de género ha logrado enredar “gustos” con “biología”.  No son la misma cosa.  Lo irracional es que los políticos, los medios, las instituciones de educación y la sociedad en general ¡les siga!  Esto es lo irracional.  Unos confunden y los demás siguen.  ¡Ah!  Pero como con toda “ideología”, hay un plan.  La confusión no es por ignorancia, sino estratégica.  Lograr que las sociedades enteras abracen lo irracional permitirá a una minoría (como siempre) dirigir a los auto-conscientes-tontos.  Cuando una mayoría cede su capacidad de siquiera distinguir entre hombre o mujer, ¿qué no podrán hacer con nosotros?  Como afirma Mario Cely en su libro sobre ideología de género, las “ideologías” siempre son sostenidas sin fundamento científico, son totalitarias, y son desastrosas socialmente.   Otro libro excelente sobre el tema (estará disponible pronto en Costa Rica) es por Nicolás Marquéz y Agustín Laje: El Libro Negro de la nueva izquierda.  Los autores demuestran contundentemente que la ideología de género forma parte de una estrategia para lograr “hegemonía” sobre la sociedad con el fin de acaparar poder político.  Siempre ha sido así, ¿no?

Me trae mucha frustración sentirme casi inútil ante la expansión cada día de algo tan irracional.  ¡Ahora con la cuenta de gmail!  Caramba.  Tal vez la recuperación de sanidad mental sucederá uno por uno.  Espero que se dé ANTES que la “utopía” irracional nos alcance.

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Educación sexual en Costa Rica

Por Guillermo Green

Según la Nación esta semana (12/2/2017), la educación sexual del MEP es un “fracaso en las aulas”.  ¡Cosa interesante esta admisión de fracaso de parte de la burocracia más grande y mejor financiada del país!  ¿La casta de los sacerdotes reverenciados están fracasando?  Verdaderamente llama la atención, y leímos con mucho interés las propuestas para dar reversa a tan lamentable situación.

¿La propuesta?  Ni más ni menos que “mas de los mismo” – excepto a más temprana edad.  Sí, el ‘fracaso’ se resuelve tomando control de las mentes más tiernas a edades más tiernas.  En lugar de dar educación sexual en colegio, proponen empezar en la escuela.  Eso va a resolver el dilema.

Pero, ¿cuáles son las muestras del tal ‘fracaso’?  Las dos grandes pruebas del fracaso del programa son:  1)  “El 75% de los jóvenes entrevistados creían que el coitos interruptus era efectivo para prevenir el embarazo”.  Pero, pero, un momento.  Al interrumpir el acto sexual antes de la fecundación siempre es efectivo – a menos que el MEP esté promocionando la idea de que existe nacimientos viriginales.  Cosa que lo dudo. “¡Ah!” ud. dice.  La frase está mal redactada.  Quieren decir que los chicos realmente no interrumpen el acto de coito, y por eso no es efectivo.  ¿Entonces, cuál es el punto?  ¿Deben o no deben tener relaciones?  Todo el programa parece proponer tener relaciones – pero sin embarazos.  Y es que estos evolucionistas inconsistentes nunca logran ver la luz.  Enseñan que el mono no usa condones, la mona pare hijos, y ¿cuál es el problema?  Cuando el homo erectus evolucionó en homo sapiens, ¿por qué cambian las reglas?  Es más, los evolucionistas ateos dan golpes vanos contra la misma naturaleza.  Las niñas ahora son fértiles más jóvenes que antes.  ¡La Naturaleza misma está pidiendo hijos!  ¿Quiénes son estos arrogantes para pelear contra la ley de la Evolución, que hoy dota a los jóvenes con tanta virilidad?

El lector perdonará el sarcasmo, pero el fracaso filosófico moderno es intolerable y ninguna persona inteligente debe hacerle caso a estos ciegos guías de los ciegos.  Los arrogantes “arquitectos” de la sociedad no tienen ningún fundamento para poder definir el propósito del sexo, la función correcta de la sexualidad, el propósito de la familia, el propósito de la niñez y la adolescencia, ni siquiera la identidad del ser humano.  Los disparates contínuos que salen del MEP y de la UCR sobre la sexualidad, la familia, el feminismo y el machismo, la “diversidad”, etc. deben ser suficiente prueba para que todos sean despedidos sin goce de sueldo por incompetentes.

Sigamos con la segunda “prueba” del fracaso del currículum sexual del MEP:  “… el 67% no sabía cómo evitar enfermedades de transmisión sexual”.  ¿Y los sabios del MEP sí lo saben?  ¡Todo el poderío de los países del mundo, organizados en la ONU, promoviendo el “sexo seguro” a través de su brazo pervertido porno-aborto-homosexualista (UNESCO) no lo han logrado.  ¡Y esperan que guilas de colegio sepan resolver lo que nadie ha logrado hacer!  Bueno, hay UNO que sí nos dijo el secreto seguro contra todas las enfermedades venéras, pero al MEP realmente no tiene interés en la salud de los jóvenes: ni salud mental ni física.  Dios dijo “No cometerás adulterio;  no fornicarás”.  Solución perfecta y 100% efectiva.

Es hora de desenmascarar este enfermizo impulso hacia el sexo inseguro.  Según las tablas del mismo artículo, uno de los “logros” entre 2010 y 2015 es que ha bajado la edad de tener relaciones sexuales.  Los educadores conscientes del MEP lamentan que algunos padres se opongan a su agenda de aceptación de la agenda homosexual (“diversidad”), y otros aspectos del currículum, pero no les importa para nada lo que estos padres “retrógrados” piensen.  El tono del artículo manifiesta claramente que el MEP (el Estado) considera que los niños son propiedad del Estado, del MEP, y que todos deben someterse a lo que ellos consideran lo más correcto.

¡Guías suicidas de sus hijos!  Padres, por favor despiértense.  Si amas a su hijo, si quiere lo mejor para él, si quiere que crezca de manera sana mental y físicamente, opóngase al MEP con todas sus fuerzas, y hágale caso al Creador de su hijo – Dios.

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Marxismo cultural:

Ideología de Género y manipulación del habla

Por Nicolás Marquéz

Si hay alguna herramienta utilizada por el marxismo cultural y su consiguiente ideología de género a la hora de ganar terreno en su batalla psico-política, es justamente la del lenguaje. Para tal fin, estos lobbystas no han escatimado en manosear el idioma y el sentido de las palabras, para luego acudir no sólo a su embestida propagandística sino también a la amable quimera del “diálogo” como herramienta de “persuasión civilizada”: “No hay dicotomía entre diálogo y acción revolucionaria. No hay una etapa para el diálogo y otra para la revolución. Al contrario, el diálogo es la esencia misma de la acción revolucionaria”[1] sostenía el agente marxista Paulo Freire, pedagogo brasileño oriundo de Pernambuco (suerte de Antonio Gramsci tercermundista), quien tanto influyó con su famosa obra Pedagogía del oprimido publicada en 1968.

Paulo Freire fue agente comunista y corruptor del lenguaje. El más influyente ideólogo de la subversión cultural de Sudamérica.

Pero tres años antes y con notable vocación visionaria, otro brasileño nacido en San Pablo y pensando desde las antípodas ideológicas de Freire, ya venía denunciando la incipiente trampa “dialoguista” del neocomunismo desde su libro Trasbordo ideológico inadvertido y diálogo (1965): nos referimos a Plinio Correa de Oliveira. Es en esta imprescriptible obra donde este avezado intelectual de derecha advertía que desde la técnica del diálogo las palabras “ecumenismo”, “diversidad”, “pacifismo” y afines, serían las que de ahora en más acuñaría la estrategia comunicacional revolucionaria para engañar a la población y de esta forma “trasbordar ideológicamente” al interlocutor no izquierdista. Estos vocablos especialmente seleccionados eran denominados por Plinio como “Palabra-talismán” y según el autor “Se trata de palabras cuyo sentido legítimo es simpático y a veces hasta noble”[2], motivo por el cual “los conferencistas, oradores o escritores que emplean tales palabras, por ese sólo hecho ven aumentadas sus posibilidades de buena acogida en la prensa, en la radio y en la televisión. Es este el motivo por el cual el radioescucha, el telespectador, el lector de diarios o revistas encontrará utilizadas esas palabras a todo propósito, que repercutirán cada vez más a fondo en su alma” y ante ello, los comunicadores tendrán “la tentación de usarla con creciente frecuencia y así lograrán hacerse aplaudir más fácilmente. Y, para multiplicar las oportunidades de usar tal palabra, la van utilizando en sentidos analógicos sucesivamente más audaces, a los cuales su elasticidad natural se presta casi hasta el absurdo”[3]. Con este mecanismo de acción psicológica, sostenía Plinio que “un anticomunista fogoso puede ser ‘trasbordado’ a un anticomunismo adepto exclusivamente a las contemporizaciones, a las concesiones y a los retrocesos”[4], agregando que el objetivo es “el de debilitar en los no comunistas la resistencia al comunismo, inspirándoles un ánimo propenso a la condescendencia, a la simpatía, a la no resistencia, y hasta al entreguismo. En casos extremos, la distorsión llegaba hasta el punto de transformar a los no comunistas en comunistas”. Por ende los comunistas “esperan mayores resultados de la propaganda que de la fuerza”[5], dado que “ya no es más de los partidos comunistas existentes en los países libres, sino de la técnica de la persuasión implícita, que el comunismo espera la conquista de la opinión pública”[6]. Más aún, decía Plinio que cuanto menos emparentado esté el eventual comunicador con el comunismo, mayor penetración tendrá su mensaje en las masas. No es casualidad entonces que la “ideología del género” esté hoy siendo apoyada por tantos voceros desideologizados o semicultos, frecuentemente pertenecientes al mundo de la farándula, del deporte o del periodismo panelístico: “El partido comunista no puede mostrarse. Debe escoger agentes de apariencia no comunista, o hasta anticomunistas, que actúen en los más diversos sectores del cuerpo social. Cuanto más insospechables de comunismo parecieren, tanto más eficaces será”[7], concluía con impecable certeza Correa de Oliveira, cuya magistral labor intelectual contrarrevolucionaria tiene más vigencia que nunca.

Luego, con este consenso comunicacional hegemonizado y con las bases de este “diálogo” sedimentadas, los sofistas de la subversión cultural comienzan a jugar con las palabras cuyo significado ha sido previamente manipulado, enfatizando aquellas que serían funcionales a su causa y quitando las que podrían resultarles inconvenientes. Es por ello que hace tiempo vienen erradicando por “reaccionaria y arcaica” la denominación binaria “hombre-mujer” y en sentido contrario, multiplicaron sus consignas con la sigla “GLBT” (visualmente acompañadas por pabellones multicolores) correspondiente a “Gays” (homosexuales varones), Lesbianas (homosexuales mujeres), “Bisexuales” (personas que practican actividad venérea con personas de ambos sexos alternadamente) y según el caso, la letra “T” se corresponde con “Travestis”, “Transgenéricos”, “Transexuales” y elementos afines, cuyos significados terminológicos se encuentran en “plena evolución” según informan sus glamorosos catequistas. Tanto es así que los grupos LGTB en sus comunicados han llegado a catalogar un total de 23 “identidades sexuales” (“agenéricos”, “pansexuales”, “intersexuales” y muchas otras ocurrencias) y con esta flexibilidad, se pretende licuar todo paradigma sexual instaurando un verdadero desconcierto discursivo en el cual se diluye cualquier criterio rector y se procura ir arrastrando sutilmente al desprevenido interlocutor hacia su causa o al menos, a ser indiferente ante ella.

En esta inteligencia, uno de los principales triunfos filológicos conseguidos por la maquinaria propagandística del “género” sin dudas ha consistido en imponer en el léxico popular la palabra “gay” (vocablo anglosajón que suena “cool” y vanguardista), la cual no significa absolutamente nada en términos sexuales —“alegre” es la traducción de “gay” del inglés al español— y con ello, se le brinda a una conducta reñida con la naturaleza una connotación sonriente y festiva: “La misma palabra ‘gay’ es un catalizador que tiene la facultad de anular lo que expresaba la palabra ‘homosexualidad’” le comenta en 1981 el periodista Gilles Barbedette al pornógrafo comunista Michel Foucault, cuyo entrevistado celebra este triunfo idiomático respondiendo lo siguiente: “Es importante porque, al escapar a la categorización ‘homosexualidad-heterosexualidad’, los gays, me parece, han dado un paso significativo e interesante. Definen de otro modo sus problemas al tratar de crear una cultura que sólo tiene sentido a partir de una experiencia sexual y un tipo de relaciones que les sean propios. Hacer que el placer de la relación sexual evada el campo normativo”[8]. O sea que con este revestimiento simpático y auspicioso, la cofradía del género toma más impulso para vanagloriase públicamente de sus hábitos procurando así, no que la homosexualidad sea tolerada —nadie se opone a la existencia de dicha tolerancia—, sino que esta praxis sea catalogada de una manera tan valiosa y fecunda como la heterosexual o incluso superior a ella: “Los hombres y las mujeres gays, al conocer mejor sus propios cuerpos, podían estimular y satisfacer a sus compañeros más efectivamente que los hombres a las mujeres”[9], sostiene el ideólogo del género costarricense Jacobo Schifter Sikora, cuyo macizo libro Ojos que no ven…psiquiatría y homofobia se desvive por “demostrar” la superioridad moral homosexual por sobre la heterosexual.

Y así como se ha pretendido con éxito la adulación a toda manifestación cultural emparentada con la homosexualidad, de manera inversamente proporcional se buscó (también con éxito) satanizar a todo aquel que cuestione dicha agenda, imponiéndole al circunstancial contradictor la etiqueta pseudocientífica de “homofóbico”, apodo fabricado por George Weinberg —psicólogo izquierdista aliado a la causa homosexual—, quien inventó dicho estigma para regocijo y gratitud de Arthur Evans, co-fundador del “Gay Activists Alliance” (Alianza de Activistas Homosexuales)[10]: “La invención de la palabra ‘homofobia’ es un ejemplo de cómo una teoría puede echar raíces en la práctica”[11] sostuvo con júbilo. De más está decir que dicha denominación no sólo no tiene el menor rasgo científico (no figura en ningún DSM de psiquiatría) sino que la naturaleza del vocablo incurre en una evidente contradicción: si el prefijo griego “homo” significa tanto “hombre” como “igual”, y del mismo griego surge que “fobia” es un “miedo” o “aversión”, tendríamos que “homo-fobia” es un “miedo o aversión a los hombres o a los iguales”. Es decir, en comprensión literal, la palabra “homofobia” es un sinsentido consistente en que uno siente miedo de los iguales a uno, cuando de existir alguna “fobia” habría de ser del diferente y nunca del afín: salvo que los homosexuales confiesen que no se sienten iguales sino diferentes, pero esta confesión iría en contradicción con el igualitarismo ideológico tan caro al discurso de su respectiva agenda.

O sea que la “ideología de género” impuso la paradoja de brindarle una connotación patológica no a quienes atentan contra el orden natural sino a quienes lo reivindican. No es para menos; la exoneración de todo aquel que se resista al engaño cultural fue una técnica que también supo ser definida por el precitado delincuente idiomático Paulo Freire: “Cuando la creación de una nueva cultura es apropiada pero se la ve frenada por un ‘residuo’ cultural interiorizado es preciso expulsar este residuo por medios culturales. La acción cultural y la revolución cultural constituyen, en diferentes momentos, los modos apropiados para esta expulsión”[12]. Luego, nada más efectivo que inventarle a todo detractor de la ideología de género el infamante apodo de “homofóbico” y así, expulsarlo de la contienda dialéctica: denuesto artificial que ya fue indulgentemente recogido como propio por el grueso de los acobardados exponentes del centrismo bienpensante y el libertarianismo funcional.

Pero estrategias sucias al margen preguntamos: si a los defensores del orden natural se los considera “homofóbicos” y por ende enfermos (dado que la fobia es una patología): ¿Cómo puede ser entonces que se acuse de manera insultante al “homofóbico” por ser tal si al ser un enfermo no sólo no habría que reprocharle su “fobia” sino contenerlo y auxiliarlo? Indudablemente, la incorporación acrítica de dicha fabricación lingüística con pretensión despreciativa es otro gran triunfo publicitario de la nueva izquierda.

Y si no es “homofobia” el insulto, la palabra talismánica utilizada en su reemplazo por los voceros del género y sus bienpensantes colaterales es justamente “discriminación”, muletilla por antonomasia aplicada a todo aquel que no acepte dócilmente concederle a la Internacional Rosa los caprichos de su agenda. Incluso, la palabra ‘discriminación’ ha sido también bastardeada como si todo acto discriminatorio fuese malo en sí, cuando en su cabal acepción discriminar significa “distinguir o discernir”. Vale decir: discriminar es lo contrario a confundir. Y lo que no se suele decir en la materia que nos concierne, es que hay discriminaciones que no surgen del prejuicio, ni de la ley, ni tampoco de ninguna “construcción cultural” sino de la naturaleza misma: “Al condenar toda discriminación, deberíamos por lo mismo reprochar a la membrana plasmática las tareas que realiza para el bien de nuestro organismo, dado que esta membrana selecciona, discrimina las moléculas que deben entrar a la célula respecto de otra, las que deben salir. Asimismo, deberíamos castigarnos a nosotros mismos por distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo natural de lo contranatural”[13] sentencia el joven ensayista Juan Carlos Monedero (h) en su libro Lenguaje, ideología y poder, texto precisamente dedicado a estudiar las trampas lingüísticas utilizada por los agentes de la subversión cultural.

Otra apelación recurrente de la propaganda del género es al término “diversidad” —que según la Real Academia Española significa “desemejanza”[14]—, vocablo extraño puesto que justamente lo que caracteriza al vínculo sexual de una persona con otra del mismo sexo es que el otro no es un “diverso” sino un “semejante” —es decir lo opuesto a la diversidad—. O sea que el vínculo homosexual, lejos de hacer honor al cacareado mantra de la “diversidad” hace lo contrario, dado que representa lo redundante, lo equivalente, lo imitativo: “En el acto homosexual no se realiza ese asombroso trascender hacia la unión de los opuestos; al ser encerrado en sí sólo une lo mismo con lo mismo, incapacitado de saltar a la diverso”[15] señala el neurólogo y psiquiatra chileno Armando Roa.

De igual forma, uno de los recurrentes trucos lingüísticos propagados es el referido a la pretensión manifestada por algunos travestis, consistente en operarse y así “cambiarse de sexo”. Pero el sexo no se cambia jamás en la vida y en todo caso, a lo que un travesti puede aspirar es a someterse quirúrgicamente a la autoagresión corporal consistente en amputarse los genitales, pero esta insana decisión de arrancarse la entrepierna en modo alguno implica que el mutilado varón deje de ser varón: nació varón y morirá varón con o sin tijeretazo.

Este tipo de farsas dialécticas como las ejemplificadas son muy parecidas a las promovidas por las filicidas, es decir por las mujeres abortistas, aquellas que bregan por asesinar a su hijo antes de nacer, al sostener que persiguen el “derecho a disponer de su cuerpo”: nadie les niega ese derecho, pero una cosa es disponer de “su cuerpo” —verbigracia hacerse un tatuaje, teñirse el pelo u operarse los senos— y otra absolutamente distinta, es disponer del cuerpo de un tercero y que encima ese tercero sea nada más y nada menos que su propio hijo, y cuya “disposición” consistiría en asesinarlo. Aunque ellas insisten en su engañoso eufemismo llamando a dicho crimen como “Interrupción del embarazo”, encubrimiento del homicidio con lenguaje cortés, dado que los embarazos no se “interrumpen” porque la interrupción es el cese transitorio de una actividad para su posterior reanudación, pero el aborto es un acto de naturaleza definitiva e irreversible: precisamente porque la muerte es un hecho de naturaleza definitiva e irreversible.

¿Y cuál fue el secreto de tan exitosa estrategia comunicacional? Además de los muchos aportes de Paulo Freire y de varios de los ideólogos ya mencionados, en los años ́70, se publicó un extenso documento de marketing sodomítico titulado “Vendiendo la homosexualidad a América”[16] (Selling homosexuality to America). En tal documento se detallaban los pormenores de la campaña que iniciaron los grupos de presión en aquellos tiempos —quienes para tal fin contrataron expertos en comunicación egresados de la Universidad de Harvard— en la cual se puso en funcionamiento el concepto de la aplicación de “las cuatro P” del marketing para transferir masivamente la idea normalizadora de la homosexualidad[17].

Este texto primigenio sirvió de antesala para que en 1989, un par de publicistas homosexuales (Marshall Kirk y Hunter Madsen) se asociaran, entre otras cosas, para publicar en los Estados Unidos un libro titulado After the Ball: How America Will Conquer Its Fear and Hatred of Gays in the 90’s (Tras la fiesta: Cómo conquistará Estados Unidos su miedo y odio hacia los gays en los años 90́s), el cual detalló una serie de pasos a seguir en la estrategia tendiente a imponer los objetivos de su agenda. Este libro se convirtió luego en el manual por excelencia en el que abrevaron todos los movimientos pansexualistas modernos[18]. En este trabajo, los autores sostienen que el público prioritario a conquistar es el de los indecisos de centro —“los escépticos ambivalentes” según sus palabras— y la principal táctica comunicacional debe apuntar al costado emocional del interlocutor a convencer: “La insensibilización tiene como objetivo reducir la intensidad de las reacciones emotivas anti-homosexuales a un nivel próximo a la total indiferencia; el bloqueo intenta obstruir o contrariar el gratificante ‘orgullo de ser prejuicioso’ (…) vinculando el odio contra los homosexuales a un sentimiento previo y autocastigador de vergüenza por ser intolerante (…) Tanto la insensibilidad como el bloqueo (…) son simples preludios para nuestro objetivo máximo, aunque indefectiblemente mucho más lento de obtener, que es la conversión”[19].

Una vez agotada esta instancia, la estrategia apela al sentimentalismo e intenta centrar el debate acudiendo a la “compasión”. De este modo, se supone que quien apoya la agenda homosexual demuestra compasión y quien no lo hace, insensibilidad. Pero en verdad, esta dicotomía es otra deliberada distorsión. Por empezar hay que aclarar que la compasión es un noble sentimiento humano relacionado con la conciencia del sufrimiento ajeno y el consiguiente deseo de aliviarlo. Pero ocurre que este sentimiento es manipulado por la ideología del género, porque aquí no se percibe como compasivo a todo aquel que se acerque al homosexual con el fin de ayudarlo o contenerlo sino a quien se acerca para ponderar sus hábitos. Es decir, el concepto de la compasión ha sido hábilmente maniobrado en los debates y reducen este sentimiento sólo a su aspecto emocional despojándolo de toda intervención de la razón, dado que si alguien efectúa sobre el tema que nos ocupa un juicio refractario (sea moral, biológico, ideológico, antropológico o científico), ese alguien “carecería” de toda compasión. O sea que con ese criterio, ante un amigo alcohólico la compasión no consistiría en intentar rescatarlo de su desarreglo sino en proveerle mayores dosis de bebida para que no se enoje ni sufra abstinencia etílica.

Luego, una compasión que no sea guiada por la razón quedaría reducida a una simple pulsión desprovista de prudencia y discernimiento. En definitiva, la “compasión” tal como se exhibe y concibe en los manipulados debates televisivos, acaba siendo una piedad mal orientada, la cual nos conduce a proporcionarle al paciente los medios para que este siga apegado a sus vicios y no al rescate de los mismos: tal acción favorecería no a la persona sino a la permanencia de sus malos hábitos.

Los ejemplos abundan y las tergiversaciones idiomáticas son trabajadas de manera permanente, dado que esta constancia distorsiva del lenguaje forma parte del catecismo sentenciado por el “pedagogo” Freire: “Para ser auténtica, una revolución debe ser un acontecimiento continuo o de lo contrario cesará de ser una revolución y se convertirá en burocracia esclerótica (…) el proceso revolucionario se convierte en revolucionario cultural”[20]. León Trotski supo publicar La revolución permanente en 1930, Freire varias décadas después propuso también la revolución permanente pero no a través de la agitación callejera como su predecesor sino de la deformación idiomática y cultural: nuevos vientos para viejas banderas. Mismos objetivos pero distinta estrategia. Aquella revolución era ruidosa, hostil, armada y dolorosa. Esta es silenciosa, simpática, desarmada y con anestesia.

No en vano en los años ‘30 Charles Maurras con sentida preocupación advertía: “La revolución verdadera no es la Revolución en la calle, es la manera de pensar revolucionaria”[21].
[1] Bandera, A. Paulo Freyre. Un Pedagogo. Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 1981, p. 92.

[2] Oliveira, P. Trasbordo ideológico inadvertido y diálogo. Santiago de Chile, Corporación Cultural Santa Fe, 1985. p. 48.

[3] Correa de Oliveira, P. Ob. Cit., p. 49.

[4] Correa de Oliveira, P. Ob. Cit., p. 18.

[5] Correa de Oliveira, P. Ob. Cit., p. 14:20.

[6] Correa de Oliveira, P. Ob. Cit., p. 31.

[7] Correa de Oliveira, P. Ob. Cit., p. 35.

[8] Foucault, M. El triunfo social del placer sexual. Una conversación con M. Foucault. [Entrevista con Gilles Barbedette, 1981]. En Michel Foucault: La inquietud por la verdad. Escritos sobre la sexualidad y el sujeto, Cit. Ver nota completa en el siguiente enlace: http://perrerac.org/francia/michel-foucault-el-triunfo-social-del-placer-sexual-una-conversacin-con-m-foucault/876/

[9] Ojos que no ven…psiquiatría y homofobia. San José, Editorial ILPES, 1997. p. 4.

[10] La Alianza de Activistas Gays (“Gay Activists Alliance”) fue fundada en Nueva York el 21 de diciembre de 1969 por miembros disidentes del Gay Liberation Front (GLF; “Frente de liberación gay”, en español), entre los que se encontraban además del citado Arthur Evans, Sylvia Rivera, Marsha P. Johnson, Jim Coles, Brenda Howard, Christopher Charles y Altan Zimbabwe.

[11] Evans, A. The Logic of Homophobia. [Nota periodística]. Ver informe completo en el siguiente enlace:
http://gaytoday.badpuppy.com/garchive/viewpoint/101600vi.htm.

[12] Prólogo a Freyre, Paulo. Concientización. Buenos Aires, Búsqueda, 1974, p. 31. Citado en: Díaz Araujo, E. Ob. Cit., p. 187.

[13] Citado en Monedero (h), J.C. Lenguaje, ideología y poder. La palabra como arma de persuasión ideológica: cultura y legislación. Buenos Aires, Ediciones Castilla, 2015, p. 81.

[14] Definición provista por la Real Academia Española, que puede verse digitalmente en el siguiente enlace: http://dle.rae.es/?id=E0b0PXH

[15] Roa, A. Ob. Cit., p. 217.

[16] Rondeau, P.E. Selling Homosexuality to America. EE.UU., Regent University Law Review, 2002.

[17] Las “cuatro P” consisten en: Product (conceptualizar el producto que se desea vender), Price (centrándose en el precio de exacción), Promotion (mecanismos que se utilizarán para promocionar la idea al público) y finalmente Place (lugar o clientes que serán objeto de la campaña).

[18] El nombre es un neologismo que proviene del prefijo griego pan-, que significa “todo”. Pansexual se refiere a las personas que se sienten atraídas por todos los géneros y sexos de manera indistinta.

[19] Kirk, Marshall; Madsen, Hunter. After the Ball: How America Will Conquer Its Fear and Hatred of Gays in the 90’s. New York, Penguin Books, 1990, p. 153.

[20] Citado en Díaz Araujo, La Rebelión de la Nada, o los ideólogos de la subversión cultural. Buenos Aires, Cruz y Fierro Editores, 1983. 185.

[21] Maurras, Ch. Mis ideas políticas. Buenos Aires, Huemul, 1962, p. 183.

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Interpretaciones modernistas: Los 500 años de la Reforma y Martín Lutero (Parte V)

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Parte 5 – distorsiones

Son tantas las interpretaciones de Hoffmann que simplemente contradicen la teología de su sujeto, Lutero, que considero necesario señalar algunas. Convierte la “justicia de Dios” (atributo, sustantivo) en una acción de Dios (verbo), convirtiendo a Dios en un Dios sin atributos que sólo se percibe de alguna manera mística “desde la perspectiva de la cruz”, que al final, no tiene contenido. Al final de cuentas, la “fe” de Hoffmann no tiene ningún contenido, ningún objeto, ni ninguna característica fuera de la esperanza en una utopía que tal vez nunca llega.

El “Juicio de Dios” es instrumentalizado por Hoffmann para denunciar los pecados especiales del capitalismo, el cobro de intereses, la falta de solidaridad, y otros, mientras olvida el pecado de negar que Cristo ha resucitado en cuerpo (1 Corintios 15:12-15) y está sentado a la diestra de Dios – realmente (Hechos 2:33). El Cristo vivo, reinando desde la diestra del Padre como Señor, y quien un día volverá a juzgar a los vivos y a los muertos, no juega ningún papel en la teología de Hoffman.

La teología legalista de Hoffmann no conoce al Mediador que Lutero conocía. Mientras Hoffmann carga a las consciencias con su falta de denunciar el sistema capitalista, Lutero comunica el consuelo de Dios porque los méritos del bendito Salvador son nuestros. El gozo de la seguridad de saber que el Cristo vivo intercede por los suyos provee un estímulo mil veces más fuerte de obedecer las Escrituras, que todas las arengas de Hoffmann contra aquellos que desean vivir una vida honesta, trabajando con sus manos libremente sin que algún ideólogo les imponga el marxismo.

La interpretación que Hoffmann hace “desde la perspectiva de la cruz” estaba destinado a fracasar desde el principio, porque él rechaza el marco fundamental de Lutero de la justicia de Dios en relación al Juicio final. De ahí que todas sus interpretaciones de las Escrituras, la ley, la justificación y la ética se van por otro camino. No hay relación alguna con lo que Lutero enseñaba, fuera de las frases superficiales que Hoffmann incluye en su discurso. Como Hoffmann rechaza la distinción entre Creador y criatura, y revuelve a “Dios” y a “Cristo” con la historia de modo horizontal, es obligado a re-definir la “justicia de Dios” como el proceso histórico, no en términos de la naturaleza de Dios, ni de un atributo de Dios. Hoffmann insinúa que Lutero (y con él a la cristiandad toda) se acerca al “dualismo” con algunos conceptos, y esto es malo, según él. Pero su problema no es con Lutero, sino Pablo, quien traza la distinción última entre el Creador y los que lo adoran, y lo creado y los que lo adoran. Y mientras Hoffmann podría tratar de colocar al “Creador” en el proceso futuro de esperanza y promesa (según Moltmann), Pablo está hablando del Creador “invisible” (pero que se da a conocer a través de su creación) en contraste con la creación “visible” de criaturas y objetos. Es decir, Pablo habla ontológicamente, precisamente lo que Hoffmann desecha. Hoffmann divorcia la escatología de la ontología, cosa que la biblia no hace.

Hoffmann distorsiona gravemente las palabras de Lutero cuando el Reformador hace la distinción entre “la teología de gloria” y “la teología de la cruz”. Para Hoffmann, Lutero está desechando el conocimiento de Dios “directo”, y ofreciendo un conocimiento “indirecto” de Cristo en el sufrimiento de la humanidad. Pero Lutero no dice esto. A pesar de que Lutero aborde el tema con los términos de “conocimiento de Dios”, esto es ni más ni menos que el uso bíblico para la “salvación”. Los que “conocen a Dios” son los que son salvos (p.ej. 1 Juan 4:7 “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”). Toda la Disputación (que Hoffmann cita sólo parcialmente) está dedicada al contraste entre el orgullo humano y obras propias para la salvación vs. el arrepentimiento humilde y el conocimiento de Dios por el Cristo crucificado. Hoffmann incluye muy poco de la Disputación, así que citaremos unos párrafos:

Porque la ley de Dios, santa y pura, verdadera, justa, etc., ha sido donada por Dios al hombre para ayudarle más allá de sus fuerzas naturales, con el fin de iluminarle y empujarle al bien. Sin embargo, sucede que obra lo contrario, de tal suerte que le hace peor. Entonces, ¿cómo puede este hombre determinarse al bien por las fuerzas que le restan y sin un socorro de esta índole? Porque mucho menos podrá realizar él solo el bien que no puede hacer con el auxilio de otro. De ahí la afirmación de san Pablo (Rom 3): «Todos los hombres están corrompidos e incapacitados; no comprenden ni buscan a Dios, todos se desviaron de él» [Disputación: Teología, 2; énfasis mío].

Lo que hay que entender de la manera siguiente: el Señor nos humilla y nos espanta por la ley y la visión de nuestros pecados de tal forma, que tanto ante los hombres como delante de nosotros mismos, nos veamos como nada, insensatos, malos, como en realidad somos. Cuando confesamos y reconocemos todo esto, no aparece en nosotros beldad alguna ni resplandor de ninguna clase, pero vivimos en el Dios escondido (es decir, en la simple y pura confianza en su misericordia), sin poder apelar dentro de nosotros mismos a nada que no sea pecado, locura, muerte e infierno, conforme a las palabras del apóstol: « como tristes, pero siempre alegres; como muertos, pero he aquí que estamos vivos». [Disputación: Teología, 4; énfasis mío. Note que Lutero no introduce conocimiento “directo” o “indirecto”, sino el Dios ajeno, “escondido”, no nosotros como nuestros propios salvadores.]

24. No obstante, no es mala esta sabiduría ni tiene que evitarse la ley: pero el hombre, sin la teología, abusa de las cosas mejores, desde el momento en que se atribuye a sí mismo la sabiduría y las obras. Porque «la ley es santa», y «todo don de Dios perfecto» y «buena toda criatura» (Gén 1). Pero, como hemos dicho, el que aún no ha sido destruido, aniquilado por la cruz y la pasión, se atribuye a sí mismo obras y sabidurías que debe conceder a Dios, y así abusa de los dones divinos y los mancilla. Ahora bien, quien ha sido aniquilado por los sufrimientos ya no obra por sí mismo, sino que reconoce que Dios obra y cumple en él todas las cosas. Por eso le da igual actuar o no: no se glorifica si Dios actúa en él ni se turba si no lo hace. Sabe que le basta con sufrir, ser destruido por la cruz para aniquilarse más cada vez. Cristo dice en Juan (cap. 3): «Es necesario que volváis a nacer»; si hay que renacer es necesario que antes se muera y ser exaltado con el hijo del hombre. Y morir, digo yo, es sentir la muerte presente [Disputación: Teología, 24; énfasis mío].

Al citar a Lutero fuera de contexto, Hoffmann intenta usar a Lutero para apoyar su epistemología dialéctica. En las teologías influenciadas por el concepto marxista de la historia, “Dios” se revela en el proceso dialéctico de tesis y antítesis. Dios no es personal, sino la fuerza que empuja el proceso. Es por esto que Hoffmann convierte el atributo de Dios (justicia) en acción – es imposible “conocer” al dios de la dialéctica. Es por esto que Hoffmann habla de “la perspectiva de la cruz” en lugar del Crucificado – porque todos promovemos o impedimos el avance del proceso dialéctico con nuestras perspectivas instrumentalizadoras. Y es por esto que Hoffmann insiste en que Dios sólo se puede conocer indirectamente y no directamente.

Pero veamos si Lutero habla de su Señor en términos directos o indirectos. El mismo Hoffmann citó los Catecismos de Lutero, donde afirma:

Y nos faltó todo consejo, auxilio y consuelo hasta que el Hijo único y eterno de Dios se compadeció de nuestra calamidad y miseria con su insondable bondad y descendió de los cielos para socorrernos. Y, entonces, todos aquellos tiranos y carceleros fueron ahuyentados y en su lugar vino Jesucristo, un señor de vida y justicia, de todos los bienes y la salvación, y nos ha arrancado —pobres y perdidos hombres— de las fauces del infierno, nos ha conquistado, nos ha liberado y devuelto a la clemencia y gracia del Padre, nos ha puesto bajo su tutela y amparo, como cosa suya, para gobernarnos con su justicia, su sabiduría, su potestad, su vida y su bienaventuranza” [Catecismo Mayor, Credo, Artículo segundo; Lutero ciertamente da evidencia de un conocimiento real, directo de su Salvador].

Lutero puede expresarse así:

… el cristiano incorpora a Cristo en sí mismo, por decir así, como objeto de su fe, de modo que tiene a Cristo en lo profundo de su corazón. Ha echado mano de Cristo; y éste es su reconciliador y su perdonador, y por causa de esta fe, el creyente es un santo, a pesar de que en sí es un pecador” [Sermón, Jesús mediador de la justicia; Lutero puede decir que tiene su Salvador en su corazón, obviamente una relación personal]

Y arriba habíamos citado en otro contexto:

Antes bien, la justicia cristiana consiste en que yo crea con absoluta firmeza que la resurrección de Cristo, su ascensión y su estar sentado a la diestra del Padre es mi resurrección, mi ascensión, que yo estoy sentado en su regazo y en íntima compañía con él” [Sermón, Jesús, el mediador de la justicia verdadera].

Al desechar a las Escrituras como inspiradas y divinas, Hoffmann no puede entender que para Lutero la voz y la presencia de Cristo se recibe ahí. Lutero conocía, se gozaba, y adoraba directamente a su Salvador, porque lo veía y le escuchaba en su Palabra. Tristemente (pero es importante notar) este concepto no encaja en el sistema de Hoffmann.

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Interpretaciones modernistas: Los 500 años de la Reforma y Martín Lutero (Parte IV)

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Parte 4 – La muerte sustitutiva de Cristo

Hoffman rechaza la idea de que Lutero enseñara un concepto de la muerte de Cristo “expiatorio” o “sustitutivo”. Afirma que las dos teorías comunes en el tiempo de Lutero (la pasión de Cristo como asunto místico, y la muerte de Jesús como víctima expiatoria por los pecados) eran rechazadas por el Reformador: “Lutero no sigue ninguna de estas teorías” [49].

Como Hoffmann no acepta la justicia de Dios como un atributo de un Dios trascendente, esto le permite hacer la siguiente caricatura de la teología de Anselmo:

Anselmo de Canterbury ya había intentado dar una respuesta a esta cuestión en su Teoría de la satisfacción. Según esta teoría, sin la satisfacción de un Dios rencoroso y deseoso de justicia no puede ser lograda la reconciliación ni alcanzado su amor. Como es imposible que el ser humano pague por los pecados de toda la humanidad, Dios mismo debe volverse hombre para lograr por ellos la expiación con su muerte inocente. La ofensa de la majestad de Dios debe ser expiada para que vuelvan a reinar en orden y la justicia y así pueda desarrollarse el deseo creador de Dios, que se orienta amorosamente a la salvación de la humanidad … Lutero sostiene lo contrarioLutero se separa de ese tipo de doctrina de reconciliación.” [49,50, énfasis en negrito mío].

Si no lo hubiera leído con mis propios ojos, no creería que alguien pudiera afirmar disparates tan exagerados. Con esta sección llegamos al punto más bajo de todo el libro (exceptuando el final), primero en la forma poco profesional en que describe la teología no sólo de Anselmo sino de la mayor parte de la cristiandad: “un Dios rencoroso, y deseoso de justicia”. Pero debemos recordar que son los conceptos deficientes de “justicia” que comparte Hoffmann los que le permiten burlarse de “un Dios deseoso de justicia”. Dudamos de que su “dios” tenga deseos, o si siquiera sea un dios personal. En segundo lugar, rechaza la necesidad de la encarnación del Hijo del Dios trascendente (una encarnación en carne humana del Dios Creador), lo cual separa a Hoffmann del todo del cristianismo histórico. Y en tercer lugar, dice que ¡Lutero cree como Hoffmann! “Lutero sostiene lo contrario … Lutero se separa de ese tipo de doctrina de reconciliación”.

Dudo que necesite colocar citas de Lutero, pero lo haremos sólo por causa de algún lector que posiblemente acepte lo que escriben los teólogos sin examinarlo de forma crítica. Es más, para ahorrar espacio, sólo pondré tres citas que el mismo Hoffmann incluye en su libro y una más.

Jesucristo como Hijo encarnado de Dios

Creo que Jesucristo, verdadero Dios engendrado del Padre en la eternidad, y también hombre nacido de la Virgen María, es mi Señor, que me ha redimido a mí…” [41; Catecismo menor de Lutero, Artículo segundo; Pareciera que Lutero es ‘dualista’, en términos de Hoffmann, porque cree en un Cristo engendrado en la ‘eternidad’. Nosotros diríamos que Lutero ciertamente es ‘dos-ista’].

¿Un Dios ‘deseoso de justicia’?

En efecto, después de haber sido nosotros creados y una vez que habíamos recibido diversos beneficios del Dios el Padre, vino el diablo y nos llevó a desobedecer, al pecado, a la muerte, y a todas las desdichas, de modo que nos quedamos bajo la ira de Dios y privados de su gracia (‘privados’ por ¿quién?), condenados a la perdición eterna (¿por quién? Y ojo, ¿¡perdición eterna!? ¡Otra vez estos dualismos…!) tal como nosotros mismos lo habíamos merecido en justo pago a nuestras obras (el ‘Dios rencoroso’ según Hoffmann, pero el Dios justo según Lutero) [41; citando Catecismo Mayor de Lutero, Artículo segundo. Énfasis y paréntesis míos].

¿Lutero se distancia de las teorías de ‘satisfacción’?

(Explicando el Credo apostólico “Creo en Jesucristo…” Lutero sigue explicando la persona y obra de Cristo) “… lo que costó a Cristo y lo que él mismo hubo de poner a contribución; (¿sustituto?) lo que tuvo que aventurar para conquistarnos y ponernos bajo su señorío; o sea, se hizo hombre, fue concebido y nació del Espíritu Santo y la Virgen sin pecado alguno (¡para poder satisfacer perfectamente la justicia del Dios justo!), a fin de ser señor del pecado; además, padeció, murió y fue sepultado, con el objeto de satisfacer por mí (¡Horror! ¡Lutero usa la palabra misma – satisfacer! Pero Hoffmann dice que Lutero ‘se separa de estas teorías’) y pagar mi deuda (¡otra vez!) no con oro o plata, sino con su propia y preciosa sangre” [42; del Catecismo Mayor de Lutero].

Aquí sólo voy a citar una parte de un sermón de Lutero para finalizar esta parte:

La manera correcta de pensar en la pasión de Cristo (fíjese que es un sermón “temprano”, 1519, los que le gustan a Hoffmann – seguramente porque Lutero iba afinando su teología en una dirección que a Hoffmann no le conviene).

… Cuando meditamos correctamente en la pasión de Cristo, vemos a Cristo y nos aterramos por el espectáculo. Nuestra conciencia se hunde en la desesperación. Este sentimiento de terror necesita ocurrir para que comencemos a reconocer plenamente cuán grande es la ira de Dios contra el pecado y los pecadores. Entendemos esto cuando vemos que Dios libra a los pecadores sólo porque su muy querido Hijo — su Hijo único — pagó un rescate tan costoso por nosotros, como dice Isaías 53:8: “por la rebelión de mi pueblo fue herido …

¡Mira! Cuando una espina traspasa a Cristo, debes saber que más de mil deberían traspasarte a ti. Deberían traspasarte por toda la eternidad en una forma aun más dolorosa que traspasaron a Cristo. Cuando veas los clavos traspasar las manos y los pies de Cristo, date cuenta que tú debes estar sufriendo esto por toda la eternidad, con clavos aun más dolorosos. Todo el que mira los sufrimientos de Cristo y los olvida, pensando que no valen nada, sufrirá tal destino por toda la eternidad. La pasión de Cristo es un espejo de lo que viene. Este espejo no es ninguna mentira ni broma. Todo lo que Cristo dice que pasará, en efecto sucederá …

Se debe considerar este punto con cuidado. El beneficio de los sufrimientos de Cristo depende totalmente de que se llegue a conocer bien a sí mismo y se llene de terror hasta el punto de morir. Si no se llega a este punto, los sufrimientos de Cristo realmente no lo beneficiarán. Los sufrimientos de Cristo en realidad hacen a todas las personas iguales. Así como Cristo muere en forma horrible en su cuerpo y alma por nuestros pecados, nosotros, como él, tenemos que morir en nuestra conciencia por causa de nuestro pecado. Esto no sucede con muchas palabras, sino meditando y reconociendo profundamente nuestros pecados …

El consuelo del sufrimiento de Cristo. Toma tus pecados y échalos sobre Cristo. Cree con un espíritu gozoso que tus pecados son sus heridas y sufrimientos. Él los lleva y hace satisfacción por ellos, como dice Isaías 53:6: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Pedro dice en 1 Pedro 2:24: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. En 2 Corintios 5:21 Pablo dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él”. Debes confiar en versículos como éstos en la Biblia con toda tu fuerza, aun más cuando tu conciencia trate de matarte. Nunca hallarás la paz si pierdes esta oportunidad para tranquilizar tu corazón …

Pero cuando vemos nuestros pecados puestos en Cristo y lo vemos triunfar sobre ellos con su resurrección, y sin temor lo creemos, nuestros pecados están muertos y se desaparecen. No quedan sobre Cristo, sino son tragados por su resurrección. Ahora no ves ninguna herida, ningún dolor, ningún pecado en absoluto en él. Por eso Pablo dice en Romanos 4:25 que Jesús “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”

[Énfasis mío; Sermón de Lutero, 1519, Cómo meditar en la pasión de Cristo, http://sermonesluteranos.blogspot.com/2009/02/como-meditar-en-la-pasion-de-cristo.html].

Se podría multiplicar ejemplos como estos suficientes para llenar un libro entero. Resulta que el Lutero de la historia creía firmemente en un Dios justo y santo, airado por nuestras ofensas, que ofreció a su Hijo en pago por el pecado para hacer satisfacción, y que la cruz, sin resurrección, no tiene ningún poder.

Hoffmann hace la siguiente afirmación, casi concluyendo el libro: “La cristología de Lutero, visible especialmente en su interpretación de la cruz, no sigue en general el ejemplo de la teología de sacrificio propiciatorio, aunque a veces se encuentren coincidencias en los textos de Lutero, ella se basa en la idea de la Iglesia primitiva del Christus Victor”. Nuestra maravilla no tiene límite: ¿coincidencias? ¿Cuántas ‘coincidencias’ convencerían a Hoffmann de que está equivocado? Estoy seguro que el triple puede ser hallado.

Como hemos notado anteriormente, Hoffmann convierte a Lutero en moltmanniano: “Estar incluído en esa ‘historia victoriosa’ significa para los cristianos exactamente eso que se plantea Moltmann: recuperar la resurrección como inicio de la vida cristiana y comprender su fuerza como comienzo de la Nueva Creación” [244]. Claramente la teología dialéctica marxista y futurista de Moltmann es otra cosa de lo que enseñaba Lutero, a menos que podamos convencernos de que lo principal de Lutero era meramente “coincidencias”.

Nuestra única conclusión es que Hoffmann hace una interpretación extraña de la teología de Lutero, utilizando algunas frases de Lutero más como alegoría que otra cosa, y convirtiendo en ‘coincidencia’ lo que no le gusta. El Cristo sacrificado en nuestro lugar y resucitado para nuestra justificación no es el sujeto de la teología de Hoffmann, como lo fue para Lutero. Es difícil describir el trabajo de Hoffmann como una “interpretación” de Lutero, mucho menos una “aplicación” de su teología. Cuando Hoffmann mete a Lutero en su máquina de fecunda imaginación, sale con rostro de un Jürgen Moltmann en lugar del cachetón conocido que creíamos conocer.

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