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Cristianos ingénuos

por Guillermo Green

El libro de Apocalipsis da un enfoque imprescindible para el cristiano.  Lejos de proveer un ‘mapa profético’ de acontecimientos entre Rusia y el estado de Israel (o bien, cualquier otra versión cambiante de los ‘profetas’ modernos), este libro nos abre el telón a realidades espirituales que los ojos físicos no ven.  Pinta la lucha cósmica entre Satanás y Jesucristo en símbolos:  dragón vs. el Cordero;  la bestia vs. los dos testigos;  etc.   Ciertamente situado en el primer siglo, con Roma contra la iglesia, se abre su enfoque para comprender toda la historia a la luz de esta lucha.

Quiero destacar sólo un punto que recorre  todo el libro:  no hay neutralidad en el mundo.  La historia de este mundo se describe como el dragón contra Cristo, las bestias contra la iglesia.  Sólo hay dos grupos de personas – los que han sido selladas por Dios (simbólicamente los 144.000, Apoc 7:3) y los que son selladas por la bestia (los que llevan la marca de la bestia,  Apoc 13:16).  Hay dos fines – el lago de fuego para Satanás y todo él que “no se hallaba inscrito en el libro de la vida” (Apoc 20:15), y el nuevo cielo y nueva tierra para “los que vencieron” (Apoc 21:7).

Impresionante es la lista de los que no heredaron la nueva tierra, porque antes que los homicidas, fornicarios e idólatras vienen:  LOS COBARDES. Estas personas están a la cabeza de los que van al infierno.  Porque ¡no hay neutralidad!

Destaco sólo un pasaje en este libro de Apocalipsis, que es el capítulo 11.  En este capítulo Dios levanta “dos testigos” para predicar al mundo.  La imagen se remonta al libro de Zacarías (Josué y Zorobabel), y echa mano a otros personajes del AT como Elías y Moisés.  Estos dos testigos representan la tarea de proclamar la Palabra de Dios en la etapa entre la ascensión de Cristo hasta la final persecución de la iglesia justo antes de la segunda venida de Cristo, los 1260 días.  Este indicador es lo mismo que 3 años y medio, o 42 meses – todos indican la misma época en que estamos ahorita.

Ahora bien, notemos por favor la actitud de la gente cuando logran matar a los dos testigos (quienes resucitan después de tres días y medio para ser llevados a Dios – simbolizando que su ‘derrota’ no es ni real ni duradera).  Apoc 11:10 dice:  “Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profestas habían atormentado a los moradores de la tierra”.

OJO: Aquí el Apocalipsis nos está corriendo el telón espiritual de la actitud de los que en el fondo de su ser odian a Cristo, su Palabra, y sus mensajeros.  Los odian.  No siempre lo manifiestan tan abiertamente como lo pinta este pasaje, pero recordemos que Apocalipsis  está manifestando realidades no visibles para el ojo humano.  Los impíos consideran que los que proclaman la voluntad de Dios están “atormentando” al mundo.  ¡Ojo!  Así consideran a los cristianos.  Atormentadores.  Y su alegría al matarlos se desborda en fiesta efusiva y celebración con regalos.

Otra vez, estas cosas no están sucediendo “literalmente”, no son acciones que el ojo natural lo puede ver.  Pero Apocalipsis nos está desenmascarando la verdadera actitud detrás de las acciones, palabras y actitudes de los no-cristianos.  Especialmente los que tienen el poder en sus manos para “matar”.

Esto mismo se confirma en nuestros días.  Cuando cualquier gobierno pasa alguna ley, bien sea de tránsito, de impuestos, de cualquier cosa cotidiana – nadie “celebra”.  Pero ¿por qué hay celebraciones cuando un gobierno pasa una ley diametralmente contra la Ley de Dios – como por ejemplo el aborto?  ¿O el matrimonio homosexual?  ¿Por qué hay tanto odio o tanta alegría en cuanto a leyes que tiene que ver con la voluntad expresa de Dios?  Apocalipsis nos da la respuesta:  no hay neutralidad en este mundo.  Hay quienes aceptan la Palabra del Creador, y quienes aborrecen no sólo esta Palabra sino a todos los que la apoyan.  Apocalipsis lo dijo, y muchos acontecimientos hoy lo confirman.

Los cristianos no debemos cometer el error de creer que mucho de lo que está pasando hoy en día es meramente un asunto ‘humano’.  Mezclado con lo humano, dentro de y detrás de todo existe un combate espiritual importante.  El cristiano entendido entra esta lucha de rodillas primero, orando por iluminación y fortaleza “para vencer”.  Luego da testimonio “aunque lo maten” – porque en tres días y medio ¡resucitará!  Los cobardes no entrarán en la nueva tierra.

No seamos ingénuos.

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Divididos caemos

por Guillermo Green

El año era 1453. Los musulmanes turcos comenzaron el ataque contra Constantinopla el 7 de abril, y finalmente tomarían la ciudad. ¿Cómo fue posible que esta grandiosa capital del mundo cristiano oriental cayera ante fuerzas enemigas? La historia nos guarda lecciones importantes.

Constantinopla fue edificada y declarada capital del imperio por el emperador romano Constantino en el siglo cuarto, y después de la legalización del cristianismo llegó a ser también la capital político del mundo cristiano. Estaba cerca de las ciudades conocidas del cristianismo como Nicea, Éfeso, Tesalónica y Antioquía. Por su ubicación geográfica, llegó a ser el centro de comercio entre Europa y el oriente, hasta China. Llegó a ser centro cultural y eclesiástico, renombrado por algunas de las mejores bibliotecas del mundo medieval. También sirvió como punto de impulso para la evangelización hacia el noreste, hasta Rusia.

La Iglesia cristiana se había dividido en el año 1054, producto final de muchos años en la lucha por poder entre este y oeste. El papa León IX de Roma y el patriarca Miguel Cerulario de Constantinopla excomulgaron uno al otro mutuamente, y la división fue “oficial”. Siguió comunicación y aún ayudas mutuas entre ambas, especialmente ante la creciente amenaza de los musulmanes. Pero la ruptura y división expondría a los cristianos orientales al peligro y final masacre a manos islámicos.

Los musulmanes comenzaron su expansión feróz en el siglo 7, tomando áreas en el Medio Oriente, norte de África y llegando hasta España. Pero nunca habían podido tomar Constantinopla, a pesar de repetidos ataques. Durante siglos, Constantinopla fue la principal bastión contra la invasión de los musulmanes hacia Europa desde el Medio Oriente.

El primer golpe significativo hacia su caída, fue cuando Constantinopla fue saqueada por los que vinieron a “apoyarla”. Los musulmanes durante años habían obstaculizado, hostigado, robado y matado a muchos peregrinos cristianos que querían visitar Jerusalén. Habían tomado control de toda la región, y a pesar de permitir a muchos cristianos continuar viviendo dentro de Jerusalén y en las ciudades alrededor, sucedían contínuas atrocidades contra viajeros y otros. Además, las intensiones expansionistas de los musulmanes eran obvias. El patriarca de Constantinopla pidió ayuda al oeste (pidió una cruzada contra los musulmanes), y prometió su colaboración en la forma de comida y provisiones para la cruzada. El gran fracaso vino con la cuarta cruzada en 1204. Llegó un ejército de caballeros europeos renegados a la cuidad, y fueron recibidos alegremente dentro de la ciudad como aliados. Pero para su gran sorpresa y pena, los ciudadanos de Constantinopla tuvieron que presenciar el saqueo y pillaje salvajes de su ciudad por estos mismos “aliados”, quienes destruyeron no sólo grandes obras culturales, edificios y otros, sino que robaron mucho de su riqueza y rebajaron la capital a ruinas. Los latinos quitaron el emperador bizantino, e instalaron un latino occidental, quien gobernó por cincuenta y cuatro años. Cuando los griegos pudieron retomar control de su propia ciudad, ya era tarde. La ciudad estaba en ruinas, su poder económico roto, y su imperio reducido esencialmente a la misma ciudad. Lo más doloroso era perder toda la región cristiana al sur (hoy Turquía; entonces llamada Anatolia). Esta región, además de haber sido evangelizado por los mismos apóstoles, era rica en agricultura. Pero los turcos musulmanes habían destruído sus ciudades, convirtiendo la región en pastos estériles para sus ovejas. Éfeso fue dejado en ruínas en 1308. Nicea cayó en 1331 y perdió significancia. Antioquía fue conquistada también, habiendo sido la tercera ciudad del imperio Romano. Terminó en ser una ciudad insignificante excepto por sus muchas ruínas.

El resultado de la conquista musulmán de Asia Menor fue la desaparición de cultura y productividad, reemplazadas por rapiña, esclavitud y pobreza. Millares de cristianos fueron capturados y vendidos como esclavos; es decir, los que sobrevivían la toma violenta de su ciudad.

La división del cristianismo entre oeste y oriente contribuyó grandemente al debilitamiento de ambos, en este caso, a Constantinopla. Cuando los griegos retomaron su ciudad, Roma amenazaba con volver a atacarla, y el emperador bizantino temía con justa razón un ataque del oeste. Debido a esto, en el año 1303 el emperador Andronikos II le abrió las puertas a un soldado mercenario llamado Roger de Flor, quien había peleado en Sicilia, Italia y España, acompañado de sus ocho mil mercenarios. Llegando en siete barcos, su misión era defender Constantinopla contra ataques desde el Oeste, y también asistirlos en contra del creciente imperio turco Otomano. Roger y su bando eran conocidos como “La Gran Compañía Catalán”. Pero lo que Androkinos II no sabía, es que era reconocidos como los peores mafiosos, crueles, traidores, deshonestos y desleales que hubo en el siglo catorce, estafando y traicionando a todo rey que los contrataba.

Androkinos envió a Roger contra los Otomanos, contra quienes primero peleó, para luego unirse a ellos. Durante doce años la Compañía Catalán saqueaba, torturaba y mataba a cristianos, y según reportes, obligaban a los padres a mirar mientras sus hijos, llorando, eran empaladas frente a sus ojos. Destruían granjas, dejando a los agricultores a morir de hambre. Quemaban pueblos enteros. Llegaron a ser más odiados y temidos que los mismos turcos, y sólo pudieron poner fin a su terror con buen estilo bizantino. Los invitaron a un gran banquete en Adrianápolis, donde Roger y sus capitanes fueron asesinados, junto con otro mil de sus guardaespaldas. En el año 1315 fueron finalmente y totalmente echados, pero habían dejado más arruinadas las débiles finanzas de Constantinopla y más desacreditada su reputación.

Hasta este momento en la historia los golpes contra la integridad de la ciudad de Constantinopla, el imperio bizantino, y la iglesia oriental venían desde afuera. Los musulmanes no habían podido pasar a Europa porque no habían podido pasar por el trecho angosto de agua y tierra que ocupaba la ciudad. Pero en el año fatídico de 1349 los bizantinos mismos abrirían la puerta, y todo por pelearse entre ellos mismos. Mientras los sultanes, al heredar la corona, simplemente estrangulaban o de otra manera mataban a sus hermanos rivales, los griegos se peleaban la corona con intrigas o estratagemas. En esta ocasión, al morir el emperador en 1341, dos familiares pelearon el trono. Uno de ellos, coronado como Juan VI, había dado su hija en casamiento al sultán turco a cambio que ella podía permanecer como cristiana, petición que fue honrada por el sultán. En dos ocasiones Juan VI pidió auxilio a su “yerno” musulmán, y recibió apoyo en su guerra civil. Y cuando Serbia atacó a Tesalónica en 1349, Juan VI pidió ayuda de nuevo, y veinte mil turcos cruzaron los Dardanelos a tierra europea. Salvaron a Tesalónica, pero ahora los turcos estaban en Europa, y pasarían tres siglos durante los cuales Europa casi caería en sus manos.

Rapidamente los musulmanes forzaron camino hacia adelante, caputurando otras ciudades europeas. Los siguientes sultanes turcos conquistaron toda Macedonia, Bulgaria y Serbia, y para el año 1389 Constantinopla estaba totalmente rodeada por turcos musulmanes, y alcanzable sólo por mar. Gradualmente los turcos se prepararon para la batalla final contra Constantiopla. A pesar de pedir auxilio a Roma, la respuesta a los griegos fue negativa.

Uno de los preparativos claves que hizo el sultán Mehmed fue la construcción de un cañon monstruoso que medía 28 pies de largo, capáz de disparar una bola que pesaba mil doscientas libras. Cuando dispararon la primera prueba, se oyó a una distancia de 10 millas, y la bola se enterró sies pies en la tierra. Requería quince yuntas de bueyes para moverlo y setecientos hombres para operararlo. Se podía disparar sólo siete veces al día.

Mehmed inspeccionó personalmente los muros de la ciudad de Constantinopla, que ahora estaba resignada a tener que tratar de resistir el ataque sólos, sin la ayuda de nadie. El ataque comenzó el día 7 de abril, 1453, con una fusilada de cañones contra los muros, con el monstruo en medio de todos. El sitio había comenzado.

Los turcos tenían casi rodeada la ciudad de barcos, excepto por una porción del río barricada contra el ingreso de otros barcos. Mehmed ordenó a sus barcos tratar de romper la barricada, pero fueron repelados por los barcos cristianos, después de una pelea feróz entre ambos navales. Los cañones seguían bombardeando los muros, mientras los de la ciudad los reparaban todas las noches. Pero sabían que era una tarea destinada a fracasar tarde que temprano. No podían seguir reparando para siempre. Las cosas se empeoraron, y los de la ciudad rogaban a su emperador a salir de Constantinopla, y refugiarse a salvo para que un gobierno bizantino perdurara en su nombre de alguna manera. Se negó a salir de la ciudad, prefiriendo morir con su pueblo.

Los bombardeos continuaron por siete meses, sin que un sólo turco hubiera podido entrar a la ciudad. Mehmed estaba furioso, y ya no aguantaba su ira. Preparó para un asalto masivo final, y los de Constantinopla podia ver los preparativos gigantescos de soldados y armamentos. Se abrazaron en despedida los unos a los otros, y fueron a la iglesia la Hagia Sophia para la última liturgia celebrada en ella después de su construcción novecientos años antes. Oraron a Dios, sonaron las campanas mientras se oía el estruendo del ataque de los cañones, y salieron a pelear su última batalla.

Dentro y fuera de la ciudad la batalla rugía, hasta que los turcos descubrieron una puerta que por accidente no se había asegurado. Entraron en la ciudad algunos turcos, clamando que había caído la ciudad. En la confusión, los cristianos afuera volvieron a entrar a la ciudad, pero los turcos los siguieron como caudal, y cayó la ciudad en manos turcas. Como de costumbre, los musulmanes masacraron hombres, mujeres y niños en masa. El emperador se había lanzado a la pelea, y fue descuartizado bajo las cimitarras turcas.

Muchos se habían congregado en la Hagia Sophia mientras los turcos derramaban toda la sangre que podían en las calles. Después de horas de matanza, gradualmente los musulmanes recordaron que muchas de estas personas valían más vivas que muertas – como esclavos. Entraron a la iglesia derrumbando sus puertas, y mujeres y niñas fueron violadas en el sitio, mientras los turcos peleaban unos contra otros por llevarse a las más bonitas. Los infantes y los ancianos fueron aniquilados de una vez como inútiles. Los otros fueron amarrados con soga como ganado, y llevados a los mercados turcos para ser vendidos como esclavos en este negocio lucrativo de los musulmanes. Mucho de la ciudad fue demolido, las iglesias con su arte despedazadas, las bibliotecas destruídas. Los nobles de la ciudad fueron ejecutados, afirmando su fe en Jesucristo. Uno de ellos, el duque Lucas Nostras, fue sentenciado a muerte junto con sus dos hijos. Miró su decapitación sin derramar lágrima alguna, sabiendo que morían en la fe, y se sometió sin protesta a la misma suerte.

Ahora nada impedía el ataque directo de los musulmanes a Europa. Constantinopla había sido la última barricada de este impero violento expansionista, y ahora yacía en ruínas. Y proceder adelante lo harían los turcos, intentando la toma de la misma Europa. Su derrota en Hungría, por la providencia de Dios, sería otra historia. Ya se había concluída de manera muy triste este paso.

Conclusión – Con el cambio de un sólo factor, toda esta historia hubiera sido muy diferente. El debilitamiento y descenso de Constantinopla se debió claramente a luchas, divisiones, y peleas internas entre los que debían apoyarse. Cuando los cristianos del oeste saquearon a Constantinopla, cometieron uno de los crímines más viles de toda la historia. “Amigos” y “hermanos” llamados a apoyar se volvieron contra su propia familia cristiana motivados por mera avaricia, codicia, y los impulsos más bajos. Imperdonable quedará registrada esta barbaridad para toda la historia.

Sin embargo, el último paso en el fracaso de Constantinopla fueron los mismos griegos, peleando entre ellos, ¡invitando a los turcos a ayudarles contra sus propios ciudadanos! Esta última división interna terminó mostrando hasta qué extremo el deseo de poder y dinero confunde la buena razón. El hombre, creyéndose más astuto que el otro, por su sed de poder y riqueza, es capaz de ejecutar voluntariamente su propia sentencia de muerte.

Si fuera por las acciones de los “cristianos”, los musulmanes habrían tomado Europa, y el Oeste habría sido musulmán desde 1500 en adelante. La providencia de Dios actuó de otra manera, por lo cual podemos darle gracias al Dios soberano quien impide nuestra propia locura. Pero la lección amarga de todos estos eventos no debe escaparnos.

La lucha entre hermanos, las peleas internas, la búsqueda de poder personal, sólo traerá fracaso, y posiblemente grandes consecuencias horribles. En el caso de Constantinopla, es incalculable el sufrimiento por muerte, violación, esclavitud y separaciones que tuvieron lugar. Para nosotros que no hemos experimentado estas cosas, son meramente una historia. Pero seres humanos vivieron en carne propia las tristes consecuencias finales del orgullo humano, el egoísmo humano y el descuido de algo sumamente importante para todo éxito – la unidad.

No debemos dejar de ver el golpe dado al mismo cristianismo con la caída de Constantinopla. Ahora la religión musulmana sería impuesta. Las obras misioneras se estancarían. Muchos cristianos vivirían ahora bajo opresión a veces cruel y violenta. La región entraría en una etapa oscura para el Evangelio – hasta hoy.

Nuestras luchas hoy en día no acarrean la caída de un imperio. Sin embargo, el hecho de que las consecuencias son inferiores no las justifica. En primer lugar, toda expresión de orgullo, egoísmo y arrogancia son un afrenta profunda contra Jesucristo, el Cordero de Dios quien dejó la gloria que tenía con su Padre, y dio su propia vida por nosotros. En segundo lugar, no sabemos el alcance de nuestras “pequeñas” luchas. No podemos saber el daño que hará nuestro mal testimonio. No sabemos qué persona clave rechazó el cristianismo por causa de nuestra necedad. No sabemos cuáles oportunidades perdimos porque estábamos “peleando el trono” entre nosotros, mientras el enemigo preparaba cañones monstruosos. No sabemos cuántos se desanimaron y dejaron de servir con ánimo porque fuimos causa de enfriamiento.

Hay ocasiones cuando el cristiano es llamado a pelear, por supuesto. En estas ocasiones debemos revestirnos de dos cosas: 1) certeza que el enemigo presenta una amenaza real a la fe. No todos los enemigos de la fe presentan el mismo grado de peligro. Con algunos no vale la pena perder el tiempo; 2) valentía a dar nuestra vida por la causa de nuestro Señor.

Un problema común entre los cristianos ha sido, y siempre será, tildar a algunos que realmente son amigos como enemigos. Esto sucede por varios motivos, uno de los cuales es la cobardía. Como los verdaderos enemigos por lo general son fuertes, el cobarde crea enemigos de los que realmente no lo son, y marcha en triunfo contra quienes ni siquiera quieren pelear.

Otro motivo es el que ya vimos en los casos con Constantinopla: el orgullo, egoísmo o avaricia. Algunos buscan con la destrucción de otro su propio ascenso, cosa que sólo se logra en el plano humano, pero no celestial. Así dijo nuestro Señor Jesucristo, que entre las naciones impías los “grandes” son los que son servidos, pero en su reino los más grandes son los que más sirven.

Los acontecimientos de la historia nos pueden enseñar  lecciones muy importantes sobre prioridades y consecuencias. Es mi humilde opinión que la caída de Constantinopla nos ofrece una advertencia trascendental sobre ambas.

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Aborto – ¿para evitar la maternidad?

Por Guillermo Green

En media hora se inicia una reunión en la Universidad Nacional de Costa Rica para promover el acto ilegal, inhumano e inmoral:  el aborto.  El argumento de la invitación a la reunión dice:  “El cuerpo de la mujer como mercancía: entre el acoso y la imposición de la maternidad en Costa Rica”.

El propósito de mi breve artículo es señalar la monstruosa falacia de su agenda.  Proponen el aborto como respuesta al abuso de la mujer, y al embarazo de la mujer.  Falacia más grande no nos podemos imaginar.

Con respecto al acoso, nuestras leyes penalizan y castigan esta conducta, inclusive con cárcel.  ¿Qué tiene que ver el aborto con esto?  Nada.

Con respecto a la maternidad: a ninguna mujer se le obliga a tener relaciones sexuales, las cuales a menudo terminan con un embarazo.  La excepción, por supuesto, es en caso de violación, la cual debe ser castigada mucho más severamente, en mi opinión, de lo que es actualmente.  Castigue al violador.  Pero no mate al bebé inocente.

Los abortistas quieren utilizar el aborto como si fuera un anticonceptivo.  Pero claramente no lo es.  Ya concibió la mujer, y se tornó madre.  Lo hizo voluntariamente.  Sabía que las relaciones sexuales a menudo producen un embarazo. Ahora debe tener su bebé, y criarlo responsablemente, o darlo en adopción si así lo desea.  Sobran parejas que quieren adoptar.

En algunos casos, los abortistas son personas irresponsables con su lógica, e irresponsables con la vida.  No se mata a un ser humano por los errores o inconviniencias de otros.  Yo no tengo derecho de matarlo a usted, querido lector, porque mi vecino me agredió.  ¡Que locura!  El bebé dentro del vientre de una mujer llegó a estar ahí por las formas que fueran – felices o infelices.  Pero ahora es un ser humano con todos los mismos derechos que usted y yo.  No seamos tan irresponsables como para recomendar el homicidio como “solución” a mis malas decisiones.

En otros casos, los abortistas son agentes serviles de empresas que desean lucrar del “homicidio legalizado”.  Se sabe que Planned Parenthood y sus subsidiarios han traficado en partes de fetos, vendiéndolos al mejor comprador.  Les sirve que más países y más mujeres se embaracen y aborten.

En última instancia, el aborto es casi la consecuencia final de la rebelión contra el Creador de vida.  Matar deliberadamente el fruto de la unión de un hombre con una mujer es levantar el puño contra el Creador de vida, y es escoger muerte.  Muerte en muchos sentidos.  Posible muerte del alma de la madre que sabe que está matando en sangre fría a su propio hijo.  Muerte de la consciencia de una sociedad que en lugar de defender a los más indefensos, monta embestida grotesca contra ellos.  Muerte del honor de los ciudadanos que se quedan callados, o se vuelven el rostro para no saber nada.  Muerte del futuro de la sociedad, cometiendo genocidio y sacrificando el futuro sano humano.  Muerte eterna por matar a uno creado a la imagen de Dios – si no hay arrepentimiento.

El aborto = Muerte de todo ello.  Y más….

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¿Homofobia, Cristofobia, o cuál fobia?

por Guillermo Green

 

Hoy escuchamos de todas las “fobias” menos una.  Se escucha de homofobia, transfobia, lesbofobia, todofobia – MENOS “Cristofobia”.

No soy uno para rebajarme a este nivel pobre de argumentación.  No acepto las mismas premisas falsas de estos argumentos basados en supuestas “fobias”.  Pero permítame ayudar a esclarecer un poco lo que realmente se oculta detrás de las supuestas “fobias”.
Como bien ha explicado Nicolás Márquez, no existe tal cosa como la “homofobia” como patología psicológica.  De hecho, en sentido literal significaría “miedo de los hombres”, y claramente esto no es lo que quieren decir con llamar a alguien un “homófobo”.  Si quieren ser literalistas, tendrá que decir: “homosexualfóbico”,  que obviamente ocuparía demasiada tinta y papel, dada la cantidad de ocurrencias modernas de esta palabra.
Y tampoco existe la “homofobia” por otra razón, porque no hay personas que literalmente “tienen miedo” a los homosexuales.  El propósito del término “homofóbico” es usado, violando su significado lingüistico, para significar ni más ni menos que:  “homosexualodiador”.  Pero un término honesto tendría demasiados problemas de aceptación, por lo tanto se prefiere un término que finge “lástima” por el homófobo, que no es lástima, sino el mismo odio hacia los que no comparten su agenda.
Pero estos términos de “fobias” no tienen nada que ver con síntomas psicológicas tratables, sino que son epítetos para manipular el lenguaje, con el fin de crear VÍCTIMAS y OPRESORES.   Fiel a una agenda neo-marxista necesitada de producir la futura utopía con base en el conflicto social, los ingenieros sociales orwelianos de nuestros tiempos buscan crear “realidades” a través de palabras y frases.  Todos estos términos de “fóbicos” que se relacionan a la agenda de la ideología de género, son meramente herramientas lingüísticas para primero crear divisiones sociales, y luego acallar, aplastar, hasta encarcelar a los intransigentes.  En Inglaterra, Canadá, y EEUU ahorita hay casos en que los “homófobos” están siendo demandados por los homosexuales, han sido multados, les quebraron sus negocios, desprestigiaron sus reputaciones, o han sido amenazados con cárcel, y hasta presos.  ¡Alegre tratamiento para los pobres enfermos!  De esta manera se ve claramente que es el odio hacia los no-homosexuales el que impulsa la agenda.
Y esto nos lleva a la “Cristofobia”.  Si fuéramos a aplicar las mismas tácticas, el mundo tendría que lanzar contra los que odian el cristianismo el nombre de “cristófobos”.  Es patente el odio hacia la religión bíblica, hacia el Dios de la biblia que prohíbe sus prácticas desenfrenadas, su libertinaje y su pecado.  Como “fobia” equivale realmente “odio” en la agenda LGBT, el apelativo “cristófobos” les aplica como anillo al dedo.
Si los homófobos pueden ser multados, ¿por qué los cristófobos no?  Si los homófobos pueden ser demandados, ¿por qué los cristófobos no?  Si los homófobos pueden ser arrojados a la cárcel por discriminacion, ¿por qué a los cristófobos no?
El hecho es que ha sucedido la conquista de la sociedad, y vencieron los cristófobos.  Mejor dicho, vencieron los “cristoodiadores”.   Ahora estamos frente a una hegemonía casi completa no de gente con ninguna patología.  Son personas que cumplen la Palabra de Dios, como lo explica el apóstol Pablo:
(Romans 1:21-27)  “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.  Profesando ser sabios, se hicieron necios,  y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.   Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos,  ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.   Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,   y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”.
Nada de esto tiene que ver con una “fobia” u otra.  Dejémenos de juegos pueriles.  Es muy claro que se tiene que ver sencillamente con el odio hacia el Creador, y el rechazo del marco de sexualidad que Dios estableció para el hombre.  No hay “homófobos” ni “cristófobos”.  Los hombres se dividen en dos grupos nada más:  adoradores del verdadero Creador, y necios que suprimen la verdad de Dios.
Sería útil restablecer el uso correcto y honesto del lenguaje.

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Teología y Eclesiología

por Guillermo Green

¿Tiene relación nuestra posición teológica con nuestro concepto de la iglesia?  Por supuesto que sí, aunque muchos pastores y líderes no le prestan suficiente atención.

Introducción – El término “eclesiología” es una palabra probablemente desconocida por muchos cristianos, y aún muchos líderes. Hoy se enfoca mucho en ciertos temas teológicos, pero la “eclesiología” no es uno de ellos.

La biblia está llena de “eclesiología”.  Uno de los términos más comunes para describir el pueblo de Dios es “congregación” – un término que presupone mucho en cuanto a la identidad, orígen, propósito y futuro de la Iglesia. Jesucristo resume su misión diciendo, “… sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 18:18).  Y el apóstol Pablo coloca la iglesia en el lugar más prominente posible cuando explica lo que Dios hizo en Cristo: “… sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22,23).

En pocas palabras, la “teología bíblica” incluye muchos conceptos acerca de la iglesia.  Esto es “eclesiología”.

Lo que queremos destacar aquí, entonces, es la relación entre la teología y la eclesiología (el concepto de la iglesia).  Porque el uno afecta el otro por necesidad.  Y como estamos experimentando hoy en América Latina una ‘nueva Reforma’ (esta vez por necesidad en el seno de la iglesia ‘evangélica’), creo que es necesario conocer la historia para no repetir sus tristes errores.

Existen varios ejemplos del tiempo de la Reforma protestante del siglo 16 que podríamos destacar.  Por ejemplo, cuando Andreas Carlstadt (1486-1541) comienza a separarse de Lutero en su teología, su concepto de la iglesia caminó con él.  Quitó el concepto de “oficio” en la iglesia (pastores, ancianos) y quería ser llamado sencillamente “hermano Andreas”. Colaboró con el anabautista Melchior Hoffman (ver abajo).  A pesar de ser un erudito, su teología más y más distanciada de Lutero lo llevó también a un concepto más individualista de la iglesia.  En su pastorado corto en  Orlamünde, practicó un concepto completamente congregacionalista y “personalista”, implementando sus propias “reformas” sin consideración de cualquier unidad de las iglesias, ni autoridad eclesial cooperativa.  Se levantó como “profeta” solitario.  El resto de su vida fue considerablemente inestable, aunque fue acogido en Basel al final de su vida, donde murió de la peste en 1541.

Melchior Hoffman (1495-1543) es un ejemplo mucho más radical.  Nunca recibió ninguna preparación teológica, pero se auto-proclamó “predicador” y comenzó en Alemania.  Después de causar disturbios, anduvo predicando en Suecia, Dinamarca, y luego en Estrasburgo.  Tras una profecía fallida que Cristo volvería en el año 1533 directamente a Estrasburgo, la iglesia de esa ciudad le presentó una confesión de fe (Reformada) para que se suscribiera a ella.  Se negó a hacerlo.  Se consideraba por encima de la iglesia, con conocimientos “especiales” de las cosas espirituales.  No sentía ninguna obligación de someter su fe a alguna confesión escrita, ni mucho menos a algún cuerpo eclesiástico.  Su teología era igual que su eclesiología: totalmente personalizadas, centradas en él solamente.  La conclusión lógica de una teología personal es una eclesiología inventada para servir al insujeto.

La historia posterior se deteriora cuando otros recogen las tendencias apocalípticas de Hoffman.  Hombres como Bernhard Rothmann, Jan Mathys y Juan de Leiden revolucionan la ciudad de Münster, rebautizando a miles, estableciendo una teocracia militante, legalizando la poligamia, y persiguiendo a cualquiera que no estuviera de acuerdo con ellos.  Esperaban que la Nueva Jerusalén descendiera sobre Münster.  La ciudad fue sitiada durante un año, terminó en un baño de sangre, y los líderes muertos.  Tan dañino fue considerado el anabautismo por este horrible testimonio, que la mayoría de las ciudades y países lo declararon ilegal.  Los grupos de anabautistas posteriormente bajaron el tono de su discurso anárquico, y algunos adoptaron posiciones de completo pacifismo.  Estos son los antecesores de los actuales menonitas.

El punto de todo esto es la relación entre teología y eclesiología.  Entre más desviada la teología, más desastrosa su eclesiología, o sea, el concepto de iglesia.  Esto mismo lo vemos a lo largo de toda la historia, hasta el presente día.

Ahora bien, lo contrario también es evidente.  Entre más centrada esté la teología en la biblia, más coherente y más bíblica tiende a ser la eclesiología.  A pesar de sus diferencias, tanto los luteranos (Alemania), como los reformados (Suiza, Holanda, Francia), como los presbiterianos (Escocia) – todos – desarrollaron una eclesiología seria que estaba intimamente relacionada con su teología.  La teología de una iglesia le dice qué cree, y la eclesiología de una iglesia indica cómo vivir su fe en el mundo.  Ambos deben nutrirse mutuamente.  La teología debe ser tan vital y bíblica, que la práctica (la eclesiología) refleja lo mismo con acciones efectivas de servicio cristiano.  Una buena teología sin una buena eclesiología contribuye a energías gastadas de formas innecesarias.  El rôl de la eclesiología es guardar la iglesia del abuso humano para que pueda servir al Señor sin atrasos innecesarios, guardando el rebaño dentro del cuidado de nuestro Pastor, Jesucristo, y enfocando la iglesia en su verdadera esencia y tarea.

Aunque sea una tristeza, se puede ver lo efectivo de la “buena” eclesiología en las iglesias luteranas y reformadas liberales.  Aunque perdieron su teología bíblica hace mucho tiempo, la fuerza de su eclesiología sigue permitiéndoles servir unidos a su (nueva) causa (liberal).  Pero esto ilustra la potencia que tiene la eclesiología.  Sirve como factor unificador y un refuerzo para su “misión”.  Es precisamente por la fuerza de su eclesiología que las iglesias liberales luteranas,  reformadas y presbiterianas siguen presentando tan grande amenaza.  Las iglesias herejes sin eclesiología no presentan el mismo peligro.  Su desorden eclesiológico los deja como unos terroristas aislados que pueden hacer daños esporádicos.  Pero las iglesias liberales se presentan como todo un ejército unido con una fuerza mucho mayor para hacer daño.  La historia reciente en América Latina da testimonio de lo difícil que ha sido, y es, de protegerse del liberalismo, por ejemplo, de la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA).  Y es precisamente la herencia de sus raíces reformadas la que forma este fundamento.

Es digno de notar que todos los principales reformadores, al romper con Roma, no produjeron cinco puntos de calvinismo, o cinco puntos de luteranismo.  Todos laboraron en reconstruir una teología bíblica completa, incluyendo el concepto bíblico de la iglesia.  Consideraban el concepto de la iglesia como una parte sumamente integral a la teología protestante.  Casi el Cuarto Libro entero de la Institución de Calvino trata de la iglesia.

Precisamente en este punto está la debilidad presente.  Muchas iglesias evangélicas carecen de conceptos claros de eclesiología.  Especialmente las iglesias independientes tienden más en la dirección de Melchior Hoffman que Juan Calvino, siendo su eclesiología “personalista”, es decir, la organización depende de la “persona” del pastor.

Cuando un cristiano se acerca al calvinismo, lo primero que lo impacta es el contenido de su teología.  Esto es normal, porque es casi como ¡un renacimiento!  El peligro sería quedarse ahí.  Y el peligro es real, porque el contexto del cual muchos salen no tenían concepto de eclesiología.  Su eclesiología no era algo pensado, ni estudiado, ni consciente.  De modo que la nueva generación de “calvinistas” ni siquiera están preguntando sobre eclesiología.  Y es posible que en su búsqueda de una teología sana y bíblica, no lean obras completas, sino “temas” doctrinales.  Aunque algunos favoritos, como R.C. Sproul, sí tiene conferencias y libros sobre ecclesiología, no encuentro muchos que se interesan por el tema.  Empero, debemos reconocer que todos los teólogos Reformados de peso siempre han incluído este tema en su teología.  Podemos pensar en Calvino, Charles Hodge, R.B Kuiper (ver su excelente libro, El Cuerpo Glorioso de Cristo), y casi todos los demás.

La Reforma Protestante del siglo 16 no produjo una  respuesta unificada a Roma, aunque debiera haberlo hecho.  Produjo luteranos, reformados, anabautistas, socianos, y anglicanos.  Y la crítica de los Católicos hasta hoy es “el protestantismo produce caos en la iglesia, porque cada uno hace lo que quiere”.  Esta crítica, por ser en alguna medida cierta, no debería haber pasado.  ¿Acaso la Palabra de Dios no es clara, tanto en su teología como en su enseñanza sobre la iglesia?  Si creemos que la biblia es clarísima sobre la justificación por la fe, ¿por qué no creemos que lo sea sobre la iglesia por la cual murió Jesucristo?  Lo que pasa es que muchos (incluyendo al mismo Lutero) permitieron que las opiniones personales prevalecieran por encima de una visión consistentemente bíblica de la iglesia.  Para el crédito de Calvino, él estaba dispuesto a soportar perspectivas que él consideraba “absurdas” (por ejemplo, el concepto del cuerpo ubicuo de Cristo en la Cena, según Lutero) con tal de mantener las iglesias protestantes unidas.  A mi concepto, la eclesiología de Calvino era más bíblica y él era más consistente con su teología / eclesiología de lo que fue Lutero.  La historia del protestantismo pudiera haber sido muy diferente si todos hubieran tenido la misma humildad y compromiso que Calvino.

Desafortunadamente la historia de los “reformados” ha sido demasiado plagado por cismas, divisiones y pleitos internos sobre asuntos, que a la luz de la historia, se ven simplemente como pecaminosos.  En esto los reformados históricos son más culpables, porque tienen acceso a una buena eclesiología.  Hubo momentos en que los fieles creyentes tenían que abandonar iglesias apóstatas.  Pero hubo otros momentos en que se dividieron por capricho, o asuntos de importancia inferior.

La pregunta para nuestro tiempo es: ¿repitiremos los errores del siglo 16 o siglos posteriores, con el caos eclesial que produjo?  Recordemos que los más radicales y desastrosos comenzaron todos unidos a Lutero con algunos conceptos básicos del Evangelio.  Pero su falta de unir buena teología con una buena eclesiología los llevó no sólo al desastre para sus seguidores, sino al mal testimonio ante el mundo. No hay teología reformada sin eclesiología reformada. Los grandes sínodos de Dort y de Westminster reconocieron esto, e incluyeron no sólo artículos sobre la iglesia, sino Órdenes eclesiales, como parte de sus labores.  Si el lider de una congregación ignora la relación entre su teología y su eclesiología, tenga por seguro que el fruto a mediano o largo plazo será el mismo que ya hemos visto en la historia: desintegración, división, desvío y posiblemente peor fruto aún.

Principios centrales

Daremos un brevísimo resumen de los elementos más básicos de una eclesiología bíblica.  El lector haría bien en consultar libros como El cuerpo glorioso de Cristo, por R.B. Kuiper (TELL), y ¿Qué es el presbiterianismo? por Charles Hodge (CLIR).  Considero que sus tratamientos se fundamentan muy bien en la Palabra de Dios.

La unidad de la Iglesia

El primer elemento sobre la Iglesia que se nos presenta de principio a fin es la unidad esencial de la Iglesia bajo Jesucristo.  Hay una sola cabeza, y un sólo cuerpo.  La Iglesia es “familia, rebaño, templo, pueblo, nación santa, real sacerdocio” – una sola, bajo el mando y la protección de nuestro Rey, Jesucristo.

Esta unidad implica igualdad de todo hermano ante el Señor, y el mutuo compromiso los unos con los otros.  Son muchos los pasajes que presuponen la unidad de la iglesia, aún fuera de la congregación local.  De la misma manera que no podemos imaginar a un cristiano solitario sin iglesia, de la misma manera no podemos imaginar una congregación solitaria que no sea parte de otras congregaciones.

Es importante notar que las cartas escritas por los apóstoles se aplicaban a toda la iglesia, aún dónde no habían viajado.  Pablo escribe a la iglesia en Roma antes de haber ido.  Pedro escribe a las congregaciones en Galacia donde laboró Pablo.  Si bien hoy no tenemos a los apóstoles con nosotros, seguimos predicando la misma Palabra de ellos a toda la iglesia.  El señorío de Cristo, ejercido por su Palabra, exige un concepto radical de la unidad de la Iglesia.

“(La Iglesia) es un cuerpo, una familia, un rebaño, un reino.  Es uno porque está saturado por un solo Espíritu.  Somos todos bautizados en un mismo Espíritu para llegar a estar, dice el apóstol, en el cuerpo.  Esta morada del Espíritu, que une así a todos los miembros del cuerpo de Cristo, produce no solo esta unión subjetiva o interior que se manifiesta en la simpatía y el afecto, en la unidad de la fe y el amor, sino también en unión exterior y comunión … Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él.  Todos esto es cierto, no solo de aquellos que frecuentan el mismo lugar de culto, sino del cuerpo universal de los creyentes.  De manera que una iglesia independiente es un solecismo tan grande como un cristiano independiente, o como un dedo independiente del cuerpo humano, o una rama independiente de un árbol” (Hodge, Presbiterianismo, 73)

 El mandato de someternos unos a otros

La esencia del cristianismo exige la mutua sumisión unos a otros.  Cristo ha derramado su Espíritu por igual a la Iglesia entera; no hay algunos que son más “ungidos” que otros (ver 1 Juan 2:20,27).  No hay vicarios de Cristo en la tierra.  No hace falta, ya que Jesucristo está presente mediante su Palabra y su Espíritu.  De modo que los cristianos necesitan ejercer humildad unos para con otros, porque ninguno ha sido nombrado representante de Cristo en la tierra.  ¡El se representa a sí mismo!

El principio de mutua sumisión exige lazos entre las congregaciones, y una relación entre oficiales (pastores y ancianos) más allá de la congregación local.  Si todo cristiano debe someterse a otro, todo anciano o pastor también debe someterse a otro.  Por eso los consejos locales (juntas, o ‘consistorios’) deben someterse a consejos regionales, y los regionales a los nacionales.  Este es el principio de lo que se ha llamado el “presbiterianismo”.  Si la Iglesia terrenal fuera perfecta, un asunto de trascendencia podría llegar en teoría a un sínodo mundial.  De hecho, el Sínodo de Dort tuvo la representación de por lo menos 6 o 7 países para debatir el asunto importantísimo del arminianismo.  En nuestro mundo real, la mayoría estamos limitados por varios factores a los límites nacionales de nuestro país.

La forma de gobierno que se llama “congregacionalismo” establece un gobierno local solamente.  Posiblemente los líderes de tal iglesia buscan comunión con otras iglesias afines a su teología, pero permanecen como cuerpos autónomos.  No hay ninguna “inherencia” externa posible sobre la congregación.  Esta forma de gobierno tiene dos peligros serios.  En primer lugar, un miembro de la iglesia que ha sido ofendido por un anciano o pastor, no tiene recurso alguno.  No hay ningún consejo a quien apelar, no hay quien pueda intermediar con autoridad.  El congregacionalismo provee una sola solución ante un verdadero agravio: abandonar la iglesia.  Esto no es “resolver” nada.  Y no se protege el rebaño del posible abuso del liderazgo.

En segundo lugar, los mismos oficiales de la congregación sólo son responsables unos ante otros. En un conflicto interno insoluble – sea doctrinal o de conducta – no hay ningún otro cuerpo eclesiástico a quién apelar, ni que pueda intervenir.  Estos son los famosos casos en que las iglesias se dividen, unos siguiendo a uno, y otros siguiendo a otro.  El congregacionalismo ha sido fuente de división y cisma de incontables grupos a lo largo de nuestro continente.

Cuando surgió el debate fuerte en Antioquía sobre si los gentiles debían ser circuncidados, no pretendieron resolver el problema localmente.  Imagínese que Pablo se hubiera cerrado, y los judaizantes también, sin llamar una asamblea general de la iglesia (Hechos 15).  Ahí mismo habríamos tenido la primera división de la Iglesia.  Sin embargo, no intentaron resolver este tema tan importante para toda la iglesia, sino que se llamó un “sínodo”, se definió la posición de la iglesia de ahí en adelante, y fue una decisión que se aplicaba para toda la Iglesia.

La sumisión mutua no se aplica sólo entre individuos.  Los pastores y ancianos tienen un deber de someterse a otros pastores y ancianos que Dios ha llamado.  El congregacionalismo levanta un impedimento para esta sumisión mutua.  Tanto el principio de unidad, como de mutua sumisión, impulsa un gobierno eclesial en que las iglesias locales se someten a un cuerpo de iglesias regionales, y las regionales a un cuerpo nacional.

El oficio de “presbítero” o “anciano”

El Nuevo Testamento deja claro que Cristo mismo ha establecido el oficio de anciano (‘presbítero’ en griego) y pastor para gobernar la Iglesia y ejercer su autoridad de la Palabra (1 Timoteo 3:1-7; Efesios 4:11,12).  Es claro en la biblia que la Iglesia toda tiene la responsabilidad de velar que sus ministros sean adecuadamente preparados, y no sólo la congregación local.  Pablo instruye a sus dos discípulos, Timoteo y Tito, sobre la importancia de preparar e instalar ancianos en todas las iglesias.  Se entiende que ellos no hacían esto sólos, sino que debían vigilar que se hiciera con orden. De hecho, Timoteo mismo había sido comisionado por “el presbiterio” (1 Timoteo 4:14).  Interesantemente, ni Pablo, aunque fue apóstol, asignó a Timoteo, sino que fue el conjunto de presbíteros que tuvieron que dar su visto bueno.  Sabemos por la historia, que los “presbiterios” eran el conjunto de ancianos en una región que ministraban en varias congregaciones locales.

Dios sabe lo mejor para su rebaño.  Sabe que el favoritismo, el nepotismo y las relaciones amistosas son tentaciones grandes dentro de las congregaciones locales.  Se minimizan estas tentaciones cuando las congregaciones y los oficiales son responsables mutuamente ante otros.

Conclusión

Dice Charles Hodge que es posible forzar una planta para que crezca contra su naturaleza, pero tanto su crecimiento como su fruto serán truncados.  De igual manera es posible tratar de forzar una congregación a servir a Dios de una manera contraria a su naturaleza, y aún contraria a las implicaciones de su propia teología.  Puede haber buena teología con una eclesiología débil.  Pero habría más y mejor fruto si se le diera todo el apoyo que su naturaleza interna pide.

La teología Reformada contiene en sí el pleno reconocimiento de la naturaleza de la Iglesia según las enseñanzas bíblicas.  Apunta hacia lo que en la historia se ha llamado el “presbiterianismo”, que reconoce el sacerdocio de todo creyente y la importancia de la iglesia local por un lado, y por otro lado la unidad de la iglesia y la importancia de la mutua sumisión a nivel más ámplio de la iglesia local.  El “presbiterio” y la “Asamblea General” aseguran que los principios de unidad y sumisión mutua tengan su pleno ejercicio, que tanto los miembros como los oficiales sean protegidos, y que la Iglesia del Señor sea encaminada de forma sana y bíblica.

Teología y Eclesiología.  Van de la mano.

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Como desenmascarar las tácticas del LGBTQUIXYZ

por Guillermo Green

En su libro informativo y bastante acertado, Nicolás Marquéz y Agustín Laje señalan la “batalla cultural” que el neo-marxismo ha emprendido desde hace décadas (ver excelente obra: El Libro Negro de la nueva izquierda;  Disponible en Costa Rica, Tel 506-2285-3307).  Parte de la batalla cultural es algo que todos hemos notado, pero tal vez no con suficiente claridad.  Y es la batalla por el LENGUAJE.   Esta batalla es de suma importancia, porque la cultura humana se crea, se forma, y se vive mediante el lenguaje.  Si logramos controlar el lenguaje, hemos logrado el control de toda una cultura.

El movimiento que podemos llamar “LGBT” (que es más ámplio que esto, pero para ahorrar espacio …) ha logrado importantes victorias en la batalla cultural, controlando varias formas del discurso con el fin de impedir toda oposición y clausurar todo desacuerdo.  Tomemos el término “discriminación”.  Se ha logrado crear este garrote para ser usados contra toda persona que exprese el más mínimo desacuerdo con la nueva agenda impuesta a la fuerza.  En realidad este epíteto no se refiere a “discriminación” real en muchísimos casos, sino a personas que no están de acuerdo con la imposición de la agenda del lobby homosexual, o el feminismo radical.  De hecho, “discriminar” es una actividad buena y necesaria para la vida humana sana:  es necesario discriminar si algo es comestible o venenoso.  Lo que quieren decir con “discriminación” realmente es “injusticia social”.  Pero aquí viene el punto importante:  ¿Es ‘justo’  dar en adopción, por ejemplo, niños a una pareja gay?  Llamar el asunto por lo que es, un asunto de “justicia social”, abre el debate en lugar de cerrarlo.  Ahora podemos hablar de las muchas evidencias que militan en contra de tal adopción, porque estamos debatiendo “justicia” y no meramente tirando eslogans para acallar a todos.  Pero este debate es precisamente lo que el lobby LGBT no quiere.

Otra manipulación es el uso de términos como “homofóbico”.  Como “fobia” psicosomática, esta condición no existe.  Es utilizado para crear una clase de personas “victimizadas” – en este caso, los homosexuales.  Al llamar a alguien un “homófobo” se cierra toda discusión, porque (según el discurso), el homofóbico malo expresa odio injustificado, y siendo culpable de matón, se le excluye de todo discurso con ‘justicia santa’.  De nuevo, la batalla cultural del lobby LGBT se lleva adelante intentando apagar todo debate, todo discurso, todo pensar.  ¡Y muchos han aceptado sus condiciones!

Señalaremos una táctica más:  “discurso de odio”.  Chistosamente, la paranoia feminista / homosexual llega a extremos nunca antes visto.  Tan sólo la aparición del ahora famoso “Bus de la libertad”, portando unas frases acerca de la sexualidad tradicional,  basta para subirles la presión no sólo arterial sino política y discursiva de la izquierda.  Nos dicen que el bus es un “discurso de odio”.  Ahora bien – mientras los homosexuales realizan sus “Pride marchas” en todo el mundo, en algunos lugares desnudos y vulgares, el paso pacífico de un bus provoca censuras, violencia, discurso de odio, y más.  ¿No es sumamente clara la contradicción?  El lobby LGBT no está interesado en parar ningún discurso de odio.  Les interesa solamente el monopolio del discurso de odio.

No se deje engañar por las tácticas poco sutiles de este movimiento pagano moderno.  Tampoco cedamos el campo, aceptando ser callados por las falacias con que intentan acallar a los que se oponen.

Jesucristo dijo: “La verdad os hará libres”.  Fue una declaración universal, general, y para todos los siglos.  No permitamos que se calle la verdad.

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¿Financiando cambio de sexo?

¿Hasta dónde tiene derecho el Estado a usar dinero de los cristianos?

Por Guillermo Green

Ahorita en Costa Rica hay una propuesta  para que el servicio médico estatal (La CCSS) financie operaciones para cambio de sexo.  De pronto los cristianos están enfrentados con ser participantes forzosos de prácticas que bíblicamente son contrarias a la ley de Dios.  Quisiera notar un par de cosas que son relevantes a este caso.

Primero:  Desde el principio leemos que Dios creó al hombre “varón y hembra”, y en la biblia encontramos varias referencias a que los hombres no confundan los sexos.  Por ejemplo, mujeres y hombres no deberían vestirse con ropa contraria (Deuteronomio 22:5).  Tampoco debían cambiar relaciones heterosexuales por relaciones homosexuales (Levítico 18:22; 20:13).  Las relaciones sexuales debían respetar la distinción que Dios hizo desde el principio.  Además, Pablo llama “anti-natural” la relación homosexual, porque lo “natural” es lo que Dios hizo desde el principio (Romanos 1:25-28).  Se califican como “vergonzosos”, porque no cuentan con una justificación del Dios que nos creó hombre o mujer.  Al ser ilegítimas, acarrean culpa, que en el día de juicio se volverá vergüenza profunda ante los ojos del Dios puro y santo.  Por lo tanto, la propuesta ante la CCSS es claramente contraria a la biblia y los propósitos de Dios.

Segundo: Pero aparte de las declaraciones bíblicas, la ciencia de la genética junto con la biología ha demostrado sin lugar a duda que el “sexo” de una persona no puede ser cambiado.  Desde el momento de concepción cada célula del cuerpo humano contiene cromosomas XY o XX.  Mutilar el cuerpo, o inyectarlo de testosterona o estrogeno, no modifica en nada el código genético que cada humano tiene.  Proponer un “cambio de sexo” es un absurdo.  Por lo tanto, las mal-llamadas “operaciones para cambiar el sexo” no son ni más ni menos que cirugías estéticas (si no, mutiliaciones verdaderas).

Tercero – Dado que cortarse el pene o ponerse pechos artificiales es un gusto y no un asunto de enfermedad, y dado que la CCSS no da abasto con atender casos de enfermedades reales, y dado que la CCSS ni siquiera provee muchas medicinas necesarias para personas con enfermedades (algunas graves en necesidad de medicinas caras), no sé con qué lógica se podría aprobar este servicio.  PERO, si se aprueba, se sigue que cualquiera que se considera esto o lo otro también tiene derecho a todo tipo de cirugía plastica.  Esta propuesta implicaría que los gordos que se consideran flacos pero no lo son, deben tener derecho a la liposucción gratis y cualquier otro.  Implica que los feos que se imaginan bonitos pero no lo son, tienen derecho a reconstrucción gratis de su cara.  Etc, etc.  ¿Dónde para esto?

El problema de fondo de las sociedades occidentales estriba en algo muy sencillo.  Habiendo tenido algún sentido de que la biblia establecía el fundamento para la sociedad humana, hemos desechado ese fundamento por un fundamento relativista. Ahora sin fundamento externo, quedamos simplemente con la “ley del más fuerte”.  Ahora se hará según el que más grita, el que más paga, o el que más oprime.

¡Bienvenido a la nueva ‘libertad’!  Sólo un retorno a la Palabra infalible, sabia y justa – la biblia – pondrá orden a esto.

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