Interpretaciones modernistas: Los 500 años de la Reforma y Martín Lutero (Parte V)

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Parte 5 – distorsiones

Son tantas las interpretaciones de Hoffmann que simplemente contradicen la teología de su sujeto, Lutero, que considero necesario señalar algunas. Convierte la “justicia de Dios” (atributo, sustantivo) en una acción de Dios (verbo), convirtiendo a Dios en un Dios sin atributos que sólo se percibe de alguna manera mística “desde la perspectiva de la cruz”, que al final, no tiene contenido. Al final de cuentas, la “fe” de Hoffmann no tiene ningún contenido, ningún objeto, ni ninguna característica fuera de la esperanza en una utopía que tal vez nunca llega.

El “Juicio de Dios” es instrumentalizado por Hoffmann para denunciar los pecados especiales del capitalismo, el cobro de intereses, la falta de solidaridad, y otros, mientras olvida el pecado de negar que Cristo ha resucitado en cuerpo (1 Corintios 15:12-15) y está sentado a la diestra de Dios – realmente (Hechos 2:33). El Cristo vivo, reinando desde la diestra del Padre como Señor, y quien un día volverá a juzgar a los vivos y a los muertos, no juega ningún papel en la teología de Hoffman.

La teología legalista de Hoffmann no conoce al Mediador que Lutero conocía. Mientras Hoffmann carga a las consciencias con su falta de denunciar el sistema capitalista, Lutero comunica el consuelo de Dios porque los méritos del bendito Salvador son nuestros. El gozo de la seguridad de saber que el Cristo vivo intercede por los suyos provee un estímulo mil veces más fuerte de obedecer las Escrituras, que todas las arengas de Hoffmann contra aquellos que desean vivir una vida honesta, trabajando con sus manos libremente sin que algún ideólogo les imponga el marxismo.

La interpretación que Hoffmann hace “desde la perspectiva de la cruz” estaba destinado a fracasar desde el principio, porque él rechaza el marco fundamental de Lutero de la justicia de Dios en relación al Juicio final. De ahí que todas sus interpretaciones de las Escrituras, la ley, la justificación y la ética se van por otro camino. No hay relación alguna con lo que Lutero enseñaba, fuera de las frases superficiales que Hoffmann incluye en su discurso. Como Hoffmann rechaza la distinción entre Creador y criatura, y revuelve a “Dios” y a “Cristo” con la historia de modo horizontal, es obligado a re-definir la “justicia de Dios” como el proceso histórico, no en términos de la naturaleza de Dios, ni de un atributo de Dios. Hoffmann insinúa que Lutero (y con él a la cristiandad toda) se acerca al “dualismo” con algunos conceptos, y esto es malo, según él. Pero su problema no es con Lutero, sino Pablo, quien traza la distinción última entre el Creador y los que lo adoran, y lo creado y los que lo adoran. Y mientras Hoffmann podría tratar de colocar al “Creador” en el proceso futuro de esperanza y promesa (según Moltmann), Pablo está hablando del Creador “invisible” (pero que se da a conocer a través de su creación) en contraste con la creación “visible” de criaturas y objetos. Es decir, Pablo habla ontológicamente, precisamente lo que Hoffmann desecha. Hoffmann divorcia la escatología de la ontología, cosa que la biblia no hace.

Hoffmann distorsiona gravemente las palabras de Lutero cuando el Reformador hace la distinción entre “la teología de gloria” y “la teología de la cruz”. Para Hoffmann, Lutero está desechando el conocimiento de Dios “directo”, y ofreciendo un conocimiento “indirecto” de Cristo en el sufrimiento de la humanidad. Pero Lutero no dice esto. A pesar de que Lutero aborde el tema con los términos de “conocimiento de Dios”, esto es ni más ni menos que el uso bíblico para la “salvación”. Los que “conocen a Dios” son los que son salvos (p.ej. 1 Juan 4:7 “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”). Toda la Disputación (que Hoffmann cita sólo parcialmente) está dedicada al contraste entre el orgullo humano y obras propias para la salvación vs. el arrepentimiento humilde y el conocimiento de Dios por el Cristo crucificado. Hoffmann incluye muy poco de la Disputación, así que citaremos unos párrafos:

Porque la ley de Dios, santa y pura, verdadera, justa, etc., ha sido donada por Dios al hombre para ayudarle más allá de sus fuerzas naturales, con el fin de iluminarle y empujarle al bien. Sin embargo, sucede que obra lo contrario, de tal suerte que le hace peor. Entonces, ¿cómo puede este hombre determinarse al bien por las fuerzas que le restan y sin un socorro de esta índole? Porque mucho menos podrá realizar él solo el bien que no puede hacer con el auxilio de otro. De ahí la afirmación de san Pablo (Rom 3): «Todos los hombres están corrompidos e incapacitados; no comprenden ni buscan a Dios, todos se desviaron de él» [Disputación: Teología, 2; énfasis mío].

Lo que hay que entender de la manera siguiente: el Señor nos humilla y nos espanta por la ley y la visión de nuestros pecados de tal forma, que tanto ante los hombres como delante de nosotros mismos, nos veamos como nada, insensatos, malos, como en realidad somos. Cuando confesamos y reconocemos todo esto, no aparece en nosotros beldad alguna ni resplandor de ninguna clase, pero vivimos en el Dios escondido (es decir, en la simple y pura confianza en su misericordia), sin poder apelar dentro de nosotros mismos a nada que no sea pecado, locura, muerte e infierno, conforme a las palabras del apóstol: « como tristes, pero siempre alegres; como muertos, pero he aquí que estamos vivos». [Disputación: Teología, 4; énfasis mío. Note que Lutero no introduce conocimiento “directo” o “indirecto”, sino el Dios ajeno, “escondido”, no nosotros como nuestros propios salvadores.]

24. No obstante, no es mala esta sabiduría ni tiene que evitarse la ley: pero el hombre, sin la teología, abusa de las cosas mejores, desde el momento en que se atribuye a sí mismo la sabiduría y las obras. Porque «la ley es santa», y «todo don de Dios perfecto» y «buena toda criatura» (Gén 1). Pero, como hemos dicho, el que aún no ha sido destruido, aniquilado por la cruz y la pasión, se atribuye a sí mismo obras y sabidurías que debe conceder a Dios, y así abusa de los dones divinos y los mancilla. Ahora bien, quien ha sido aniquilado por los sufrimientos ya no obra por sí mismo, sino que reconoce que Dios obra y cumple en él todas las cosas. Por eso le da igual actuar o no: no se glorifica si Dios actúa en él ni se turba si no lo hace. Sabe que le basta con sufrir, ser destruido por la cruz para aniquilarse más cada vez. Cristo dice en Juan (cap. 3): «Es necesario que volváis a nacer»; si hay que renacer es necesario que antes se muera y ser exaltado con el hijo del hombre. Y morir, digo yo, es sentir la muerte presente [Disputación: Teología, 24; énfasis mío].

Al citar a Lutero fuera de contexto, Hoffmann intenta usar a Lutero para apoyar su epistemología dialéctica. En las teologías influenciadas por el concepto marxista de la historia, “Dios” se revela en el proceso dialéctico de tesis y antítesis. Dios no es personal, sino la fuerza que empuja el proceso. Es por esto que Hoffmann convierte el atributo de Dios (justicia) en acción – es imposible “conocer” al dios de la dialéctica. Es por esto que Hoffmann habla de “la perspectiva de la cruz” en lugar del Crucificado – porque todos promovemos o impedimos el avance del proceso dialéctico con nuestras perspectivas instrumentalizadoras. Y es por esto que Hoffmann insiste en que Dios sólo se puede conocer indirectamente y no directamente.

Pero veamos si Lutero habla de su Señor en términos directos o indirectos. El mismo Hoffmann citó los Catecismos de Lutero, donde afirma:

Y nos faltó todo consejo, auxilio y consuelo hasta que el Hijo único y eterno de Dios se compadeció de nuestra calamidad y miseria con su insondable bondad y descendió de los cielos para socorrernos. Y, entonces, todos aquellos tiranos y carceleros fueron ahuyentados y en su lugar vino Jesucristo, un señor de vida y justicia, de todos los bienes y la salvación, y nos ha arrancado —pobres y perdidos hombres— de las fauces del infierno, nos ha conquistado, nos ha liberado y devuelto a la clemencia y gracia del Padre, nos ha puesto bajo su tutela y amparo, como cosa suya, para gobernarnos con su justicia, su sabiduría, su potestad, su vida y su bienaventuranza” [Catecismo Mayor, Credo, Artículo segundo; Lutero ciertamente da evidencia de un conocimiento real, directo de su Salvador].

Lutero puede expresarse así:

… el cristiano incorpora a Cristo en sí mismo, por decir así, como objeto de su fe, de modo que tiene a Cristo en lo profundo de su corazón. Ha echado mano de Cristo; y éste es su reconciliador y su perdonador, y por causa de esta fe, el creyente es un santo, a pesar de que en sí es un pecador” [Sermón, Jesús mediador de la justicia; Lutero puede decir que tiene su Salvador en su corazón, obviamente una relación personal]

Y arriba habíamos citado en otro contexto:

Antes bien, la justicia cristiana consiste en que yo crea con absoluta firmeza que la resurrección de Cristo, su ascensión y su estar sentado a la diestra del Padre es mi resurrección, mi ascensión, que yo estoy sentado en su regazo y en íntima compañía con él” [Sermón, Jesús, el mediador de la justicia verdadera].

Al desechar a las Escrituras como inspiradas y divinas, Hoffmann no puede entender que para Lutero la voz y la presencia de Cristo se recibe ahí. Lutero conocía, se gozaba, y adoraba directamente a su Salvador, porque lo veía y le escuchaba en su Palabra. Tristemente (pero es importante notar) este concepto no encaja en el sistema de Hoffmann.

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Archivado bajo Crítica, Teología

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