Interpretaciones modernistas: Los 500 años de la Reforma y Martín Lutero (Parte III)

hoffmann.jpg

Parte 3 – El concepto de la ‘justicia de Dios’

Creo que nadie negaría que el concepto de la justicia de Dios es un concepto central en la teología de Lutero. El lugar que tiene la doctrina de la “justificación” de la fe en su teología muestra la sensibilidad de Lutero en cuanto a la justicia de Dios. De modo que si no se interpreta este concepto de la justicia de Dios como Lutero lo entendía, no se podrá entender prácticamente nada de su teología.

Ofrezco la observación que a pesar de repetir muchas veces las frases que usa Lutero, Hoffmann ha malentendido o malinterpretado el concepto que Lutero tenía de la justicia de Dios. Son varias formas en que Hoffmann malinterpreta o confunde este concepto clave.

El juicio de Dios

La naturaleza de la justicia de Dios se manifiesta de diferentes maneras, y la Iglesia desde temprano ha afirmado y enseñado claramente sobre ella. Uno de los acontecimientos históricos futuros – el Juicio final – revela importantes características de lo que es la justicia de Dios. Lutero habla mucho de esto.

Hoffmann observa que Roma manipulaba a las masas con el miedo del Juicio final, y todas las imágenes del infierno, las pinturas, y las peregrinaciones, tenían la meta de mantener al pueblo sumiso a través del miedo. Primero, Lutero “deconstruyó” el poder papal sobre las consciencias, quitando la penitencia como sacramento en manos del clero [32, 36]. Luego (según Hoffmann) Lutero descubrió en la epístola a los Romanos que el justo vive por la fe. “En eso consiste la justicia divina” afirma Hoffmann [93]. Sigue diciendo,

Como vimos en el primer capítulo, los cambios producidos en la época de Lutero (desde la Edad Media hasta la Modernidad temprana) fueron cambios en diferentes ámbitos de la vida cotidiana que llegaron acompañados por innumerables miedos: el mundo medieval era profundamente religioso, toda la vida giraba en torno a Dios y la preocupación por la salvación eterna … Se creía que el día del juicio Dios iba a actuar como juez, impartiendo rigurosa justicia según méritos y servicios, y por lo tanto había que asegurarse desde el principio … Lutero trabajó hasta el agotamiento como monje en ese sistema, con mucha entrega espiritual y disciplina, pero aun así nunca estuvo seguro de su salvación ni pudo encontrar la paz hasta que se topó, en su lectura de Pablo, con una forma totalmente distinta de entender la justicia divina” [93,94; énfasis mío].

Hoffmann afirma que al abrirse un nuevo horizonte de conocimiento para Lutero, “la preocupación se vuelve seguridad, y la justicia punitiva se convierte en misericordia … la iustitia passiva se vuelve el centro de su doctrina. No se trata de un acto arbitrario, sino de una consecuencia teológica: la revelación de Dios en Cristo (el acto “objetivo”) se comprende mediante la fe (la parte subjetiva) y se refleja en el sistema dogmático” [95].

Con este tratamiento nos encontramos con una confusión patente. En primero lugar, la cita anterior no se entiende bien. ¿Cuál “acto no arbitrario” se vuelve una “consecuencia teológica”? Posiblemente el autor no se expresó bien.

Segundo, Hoffmann revuelve los conceptos “justicia de Dios” con el acto y la experiencia de ser “justificados por Dios”. No son lo mismo para Lutero. Mientras Hoffmann afirma que Lutero salió de los “miedos” medievales, adoptando una forma “totalmente distinta” de entender la justicia de Dios, escuchemos a Lutero mismo con relación al Juicio de Dios; daremos poquísimos ejemplos de todos los que hay:

… esta enfermedad innata (el pecado original y el pecado hereditario) es verdaderamente pecado y condena bajo la ira eterna de Dios a todos aquellos que no nacen de nuevo por el bautismo y el Espíritu Santo” [citado en p. 110; de la Confesión de Augsburgo].

En efecto, después de haber sido nosotros creados y una vez que habíamos recibido diversos beneficios de Dios el Padre, vino el diablo y nos llevó a desobedecer, al pecado, a la muerte y a todas las desdichas, de modo que nos quedamos bajo la ira de Dios y privados de su gracia, condenados a la perdición eterna…” [citado en p. 41; del Catecismo Mayor de Lutero, Artículo segundo].

La palabra de Cristo da certeza acerca del juicio que seguirá a la muerte … Nadie escapará al juicio, porque todos tendremos que pasar por la muerte. Y es cosa segura que después de la muerte, los hechos se desarrollarán en la forma que aquí se describe: vendrá el Señor, y se hará el juicio; y ante este juicio comparecerán todos los hombres, los buenos y los malos. “Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2ª Corintios 5:10). El juicio de Cristo significa una separación radical. “Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.” Los que reciben su asiento a la derecha de Cristo, no tienen por qué asustarse ni abrigar temores. En cambio, entre los sentados a su izquierda reinará el espanto y la desesperación…”

Con toda razón, el juicio que nos espera nos infunde miedo. En el día postrero, Cristo descenderá del cielo con grande e impresionante majestad y gloria, acompañado de todo el ejército de los ángeles; en las nubes será su asiento, y todos le verán. Nadie podrá ocultarse para huir de su rostro, sino que todos tendrán que hacerse presentes. Verdaderamente glorioso será el juicio aquel, e inefable la majestad, cuando todos los ángeles estén sentados en derredor, y Cristo en medio de ellos”. [Lutero, El Juicio De Dios Sobre El Mundo, Sermón para el 26º Domingo después de Trinidad. Fecha: 25 de noviembre de 1537].

Ahora bien: si por consejo tuyo nos mantuviésemos alejados de estos dogmas y escondiésemos ante los hombres esta palabra de Dios, de manera que, engañado por una idea errada en cuanto a la salvación, nadie aprendiera a temer a Dios y humillarse ante el para llegar al fin a través del temor a la gracia y al amor: entonces si que habríamos cerrado muy bien tu “ventana”, pero en su lugar habríamos abierto de par en par las puertas, que digo, los abismos y fauces no solo hacia la impiedad, sino hacia la profundidad del infierno. Y así nosotros mismos no entraríamos en el cielo, y ademas, haríamos imposible la entrada a otros” [Lutero, De servo abitrio].

La ira eterna de Dios ha sido aplacada por Cristo. Gracias a él, el Padre tiene para con nosotros pensamientos de amor y bondad, nos hace mil favores y nos colma de bienes espirituales y corporales. Ya que Cristo calma la ira del Padre y nos granjea su favor, justo es que sigamos este ejemplo” [Sermón de Lutero, El Juicio De Dios Sobre El Mundo].

Le ha de dar no poca rabia a la muerte el notar que con todo su presunto poder sobre el hombre, lo único que logra es hacerlo dormir, de modo que cuando Cristo ) diga: “Venid a mí, oh muertos”, éstos, al oír su voz, saldrán de sus sepulcros, “los que hicieron lo bueno, a resurrección de ) vida, mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación … Saben que no pueden eludir la muerte, y que luego tienen ante sí el infierno …” [Sermón de Lutero, Cristo nos salva de la muerte y del Juicio; Sermón para el Domingo después de Trinidad. Fecha: 28 de septiembre de 1533].

El testimonio abrumador de los escritos de Lutero evidencian una firme convicción en cuanto al día final del Juicio de Dios, que sería horror y espanto para el impío, y sería salvación para el creyente por causa de los solos méritos de Cristo. En esta enseñanza sola (sin buscar otras) se demuestra qué concepto tenía Lutero de la “justicia de Dios”. Refleja la absoluta santidad de Dios y perfección moral de Dios, y en ella se reconoce que Dios se ajusta en palabra y hecho al estándar perfecto de su propia naturaleza. De esta naturaleza santa y pura Dios es absolutamente celoso. Y Dios actúa en su celo de sí mismo, uno de estos actos siendo el Juicio final.

Hoffmann se equivoca cuando afirma que Lutero encontró un “nuevo” concepto distinto de la justicia de Dios. La realidad del Juicio final que enseña Lutero no discrepaba en esencia del concepto medieval. Durante toda la historia de la iglesia se había enseñado claramente un Juicio final, futuro, objetiva y real. Y ninguna de las condenas contra Lutero de parte de Roma lo condena por su concepto del infierno ni del Juicio final, dando evidencia que sus diferencias no quedaban ahí. Cuando Hoffmann trata de convertir los “miedos del Juicio” en mero intrumento de manipulación de la iglesia medieval, crea una profunda distorsión en el concepto de la justicia de Dios.

Las declaraciones de Lutero sobre el día del Juicio dan suficiente evidencia de que “la justicia de Dios” es una característica de Dios, atributo que se manifestará públicamente, universalmente y en pleno en el día final.

¿Justicia de Dios como acción o como atributo?

Hoffmann claramente no quiere definir la justicia de Dios como atributo de Dios, como lo hace Lutero, siguiendo toda la historia del cristianismo. Es por esto que Hoffmann denigra los “miedos” del juicio a favor de otro concepto de la justicia de Dios. De hecho, en su capítulo IV sobre “La justificación por la fe”, Hoffmann presenta una confusión extraordinaria respecto a este tema, luchando valerosamente por des-interpretar las claras afirmaciones de Lutero. Algunas de sus puntos simplemente son incorrectos.

Por ejemplo, Hoffman dice “Lutero expresa la fuerza creadora de la justicia de Dios en distintos motivos e imágenes: así “simil iustus et peccator” no son dos perspectivas estáticas que coexisten paralelamente, pues la justicia prometida provoca una dinámica” [102]. Esta interpretación de Hoffmann se sale de órbita de la teología de Lutero. Rechazando la esencia fundamental de reconciliación entre el hombre (criatura) con el Dios justo (Creador), Hoffmann necesita reinterpretar tanto la justicia de Dios como la justificación. De este modo expresa su incomodidad con el aspecto forense de la justificación, explicando que esta categoría jurídica de “penas y castigos” era parte del escolasticismo [101]. Hoffmann prefiere seguir una “segunda dimensión” que evita lo que él llama “la división dualista”. Se evidencia el rechazo de las categorías de reconciliación forense entre el Dios en el cielo y el pecador en la tierra (dualismo), en favor de una perspectiva que no presente “una división dualista entre la relación con Dios y la relación con el mundo” [101]. Lo opuesto de una relación “dualista” entre Dios y el hombre es una relación “monista”. Pero otra vez, Hoffmann sólo ofrece una crítica del dualismo de forma tendenciosa, sin aclarar lo que quiere decir. Otra vez, falta claridad teológica.

Siguiendo su linea no-forense sino dialéctica-liberación, Hoffmann no suelta sus categorías anti-luteranas. La “justificación por la fe” sorprendentemente se convierte en ¡liberación social del hombre! “La palabra es palabra viva porque abre a la vida, así como la justicia de Dios es la acción de Dios que procura la justicia” [72; énfasis mío]. Pero es una liberación totalmente horizontal, sin relación a ninguna reconciliación forense con un Dios trascendente. “Con esto queda claro que el concepto de la libertad de Lutero se relaciona de manera directa con el de justificación. En la justicia concedida por Cristo, el creyente recibe la historia que lo determina y que justo no resulta de su hacer, sino que siempre lo precede … Es por eso que el concepto de libertad de Lutero no puede ser entendido sin comprender primero su concepto de justicia: en el primero se expresa la relación terrenal del ser humano, en el segundo su relación con Dios” [126; énfasis mío]. El sentido de estas citas no es muy claro, porque Hoffmann está tratando de tomar palabras que significan una cosa y forzar otro sentido sobre ellas. No es una tarea muy fácil, y los lectores tendrán que juzgar si Hoffman tiene éxito.

El Dr. Peter Jones ha demostrado que el liberalismo teológico en sus variadas formas participa de la esencia fundamental del paganismo: es “unista” en el sentido de Romanos 1 (ver su libro Uno o dos; viendo un mundo de distinciones, CLIR). Pablo dice que el incrédulo rechaza adorar y servir al Creador, rehusando reconocer la realidad “dos-ista” del universo (Creador / criatura), y adora y sirve a lo creado. Esta distinción entre dos-ismo y un-ismo es fundamental para absolutamente toda faceta del Evangelio, especialmente la doctrina de la justificación. La biblia enseña que el Dios trascendente y justo, quien tiene su existencia fuera del mundo, nos reconcilia consigo imputándonos los méritos de Cristo por medio de la fe. Llámese “dos-ismo”, o “dualismo” (menos apropiado por mucho bagaje filosófico), no hay teología bíblica sin este reconocimiento fundamental.

Hoffmann desecha el Dios “en el cielo”, y el concepto forense de la justificación, y por lo tanto enreda y confunde categorías con sus esfuerzos por convertir a Lutero en teólogo dialéctico marxista: “Esa comunión (con Dios) rompe el poder del pecado sobre los cristianos (justificación forense) y los libera así a una nueva vida en el espíritu de Cristo (justificación efectiva)” [102,103]. En el contexto, Hoffman da a entender que esto es lo que Lutero enseñaba. Pero el mismo Hoffmann tiene que saber que la justificación “forense” específicamente no se refiere a romper el poder del pecado. ¡Esa era la enseñanza de Roma que Lutero refutó!

Así sucede que como por un pecado ajeno, todos fueron hechos pecadores, también por una justicia ajena todos son hechos justos, como lo hace notar San Pablo en Romanos 5″ [85; citando el Comentario de la carta a los Gálatas de Lutero].

Por lo tanto somos justos extrínsecamente cuando lo somos no por algo procedente de nosotros, no por nuestras obras, sino sólo por la imputación de justicia de parte de Dios; pues su imputación no se basa en algo dentro de nosotros ni está en nuestro poder …

… siendo en realidad pecadores, son justos, porque Dios, que tiene compasión de ellos, los conceptúa justos. Son justos de una manera que sobrepasa su entendimiento, y son injustos según su propio saber y entender. De hecho son pecadores, pero son justos en esperanza” [86, citando El comentario a la carta a los Romanos de Lutero].

No hay palabras más claras para demostrar que Lutero se mueve en un universo “dos-ista”, en que el Dios justo es separado del hombre y otorga, “imputa”, “conceptúa” a los suyos justos de manera forense, y no de una manera transformadora (en cuanto a la “justificación”). Lutero es claro que Dios transforma al creyente en el proceso de salvación, pero la justificación no es esa transformación, sino el fundamento de la reconciliación entre dos personas: el pecador con su Creador.

Hoffmann mezcla diferentes teologías en su esfuerzo por re-interpretar la enseñanza bíblica de la justificación. No le importa ser muy ecléctico en esta instancia. Su tercera sección, “participación en la justicia divina”, mezcla ideas que nos recuerdan de N.T. Wright [él cita Eberhard Jungel], definiendo la justificación como un acto en que Dios incorpora al pueblo bajo su pacto: “ser reconocido por Dios, y por otro lado la fuerza transformadora de Dios” [98].

En este contexto debemos notar un punto importante. Hoffmann había presentado una frase que suena familiar y agradable a todo cristiano: “la perspectiva de la cruz”. Sin embargo, el lector notará una tremenda ausencia en este libro de Aquél que murió en la cruz: Jesucristo. El autor habla de las “perspectivas teológicas” de Lutero, y cómo su lucha con Roma sobre las indulgencias puso “de relieve la cruz como perspectiva directriz de cualquier teología” [17]. Pero en sus escritos y en sus sermones Lutero habla de una persona, Jesucristo mucho más de lo que habla Hoffmann. Y creo que si Lutero pudiera hablar hoy, nos haría una pregunta muy sencilla a todos: “¿Ud conoce a Jesucristo? ¡Jesús no es una idea abstracta, no es una “perspectiva”, mucho menos una ideología de liberación!” Los esfuerzos de Hoffmann de presentar al Cristo que se oculta, se revela indirectamente, y no imputa sus méritos a los suyos sino que de alguna forma está presente en las luchas sociales, lo colocan lejos de la teología de Lutero. En la opinión de este escritor, ni presenta bien a Lutero, ni logra con éxito convertirlo en teólogo dialéctico al estilo de Moltmann o Schaull.

La justificación por la fe

Al no acertar Hoffmann con su interpretación de la “justicia de Dios”, hemos notado que su concepto de la “justificación” es igualmente deficiente. Como el testimonio total de Lutero declara una justificación por los méritos “imputados” de Cristo, Hoffmann tiene que reconocerlo. Pero hace todo lo posible por convertir “imputación” en otra cosa que no sea la “declaración de Dios que el pecador es aceptado y reconciliado solamente con base en los méritos de Cristo” (sola gratia, solus Christus, sola fide). Primero define la justificación como “darle la razón a Dios, creer y por consiguiente cumplir con el primer mandamiento” [100]. Sencillamente, esto no es el concepto de la justificación que tenía Lutero.

Segundo, mientras Hoffman reconoce que Lutero coloca la “justificación” dentro de las categorías jurídicos, forenses [101], confunde la enseñanza de Lutero. Hoffmann trata de decirnos que Lutero mezcló dos categorías en su definición de la justificación: “Para Lutero, justificación no significa apenas ser declarado justo, también ser hecho justo” [101]. Hoffmann reprende a los padres luteranos por no conservar fielmente la verdadera enseñanza de Lutero: “Ese concepto de justicia originado en el Antiguo Testamento es el complemento necesario del sentido jurídico: Dios quiere realizar su justicia en el mundo y en el ser humano … En su justicia, Dios actúa en el devenir del mundo transformándolo. Así es como se presenta su justicia, Él mismo como fuerza creadora y redentora … Esto no siempre ha sido conservado con tanta claridad por el luteranismo. Las dimensiones forense y efectiva fueron más bien separadas rápidamente como dos fases temporalmente consecutivas…” [101]. ¿Será probable que los luteranos los separaron porque el mismo Lutero lo hacía? Aceptamos que Lutero une la justificación con la regeneración y la santificación, tal como lo hicieron todos los reformadores. Son partes inseparables de la salvación, y Lutero muchas veces une en la misma oración el fundamento de nuestra salvación (ser contados justos, la justificación) con los frutos de la redención en Cristo (consuelo, obediencia, libertad, etc). Pero cuando Lutero trata específicamente la naturaleza de la justificación, su testimonio es uno sólo: la justicia ajena de Cristo nos es contada. No hay ningún elemento “en” nosotros que cuente para la justificación. No somos “constituidos” justos en la justificación, sino “declarados” justos siendo pecadores.

Hoffmann prefiere una “segunda dimensión” de la justificación, ¡que no se encuentra en Lutero! De forma poco hábil, Hoffmann confunde exactamente lo que Lutero aclaró: la diferencia importantísima entre la “justificación” y la “santificación”. Roma los revolvió – creando una religión sincretista, semi-pelagiana que incluía obras meritorias para la justificación. Hoffmann hace exactamente lo mismo (con otras palabras), convirtiendo la reconciliación con Dios trascendente en liberación social del hombre a través del Cristo “infuso”, oculto. Con Hoffmann, nos hemos vuelto a Roma; sólo en el esfuerzo por la libertad política y social encontraremos la justificación. Lo único que hizo Hoffmann era trocar las indulgencias del Papa por la creación de bancas comunitarias; en esencia tenemos el mismo mensaje.

¿Dónde está la resurrección?

La resurrección de Cristo para Hoffman no juega el papel definitivo que tiene en la teología de Lutero. Es más, el sistema de Hoffmann podría prescindir por completo del concepto de resurrección y quedarse intacto. No así la teología de Lutero:

Antes bien, la justicia cristiana consiste en que yo crea con absoluta firmeza que la resurrección de Cristo, su ascensión y su estar sentado a la diestra del Padre es mi resurrección, mi ascensión, que yo estoy sentado en su regazo y en íntima compañía con él” [Sermón de Lutero, Jesús, el mediador de la justicia verdadera].

Descarga el artículo completo aquí.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Crítica, Teología

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s