Juan Calvino y las relaciones ecuménicas

por Guillermo Green

Quería ofrecer algunos pensamientos sobre el tema de las relaciones ecuménicas, dirigiéndome más específicamente a las iglesias que trazan su doctrina de la Reforma protestante. Hago la siguiente reflexión por dos motivos. Primero, en toda guerra es crucial saber identificar los enemigos reales para poder ganar la victoria. Si gastamos energías en pelearnos contra los que en verdad no son enemigos, perderemos la verdadera batalla. En el caso de la Iglesia, esto no sólo nos perjudicaría, sino que pecamos contra Dios, su Iglesia, y nuestro hermano en la fe. En segundo lugar, el respeto que los Reformados tenemos por la obra de Dios en el pasado, nos obliga a representar esta historia fielmente. No honramos al Dios que provocó la Reforma si le damos otra interpretación hoy que no se ajusta a la realidad. Lo que estoy diciendo es que debemos representar fielmente el propósito y uso de los instrumentos principales de la Reforma, que fueron las confesiones. Para llamarnos “Reformados”, nos identificamos con las confesiones tal como fueron elaboradas junto con su aplicación y uso. No es lícito inventar otro uso a mi antojo, y seguir llamándome “Reformado”. La elaboración de las confesiones tenía un contexto histórico que no podemos ignorar. Quiero repasar un acontecimiento que arroja luz sobre estos temas.

Los diferentes grupos de la Reforma Protestante del siglo 16 habían hecho esfuerzos por unirse. Los luteranos y zuinglianos hicieron un primer intento en 1529 con el Coloquio de Marburgo. Sin embargo, las diferencias sobre la doctrina de la presencia de Cristo en la Santa Cena los seguía dividiendo. Los luteranos, siguiendo a Lutero, afirmaba la “presencia corporal” de Cristo con el pan, mientras los seguidores de Zuinglio afirmaba la presencia “espiritual” en la Cena. En 1549 otro intento fue realizado en favor de unión, y Juan Calvino tuvo gran influencia en el Acuerdo de Zurich. Pero líderes en ambos campamentos, tanto calvinistas como luteranos, condenaban unos a otros. La oposición los unos a los otros había llegado a ser bastante amarga a mediados del siglo 16.

Debido a las persecuciones en Francia, muchos hugonotes franceses (calvinistas) habían viajado a Londres, donde encontraban refugio y libertad de culto bajo Eduardo VI. La congregación francesa creció, posiblemente llegó a tener varios miles de miembros. Su culto y teología era calvinista, modelada en la Ginebra de Calvino.

Cuando en 1553 muere Eduardo VI inesperadamente, asume el poder Marío Tudor, conocida por la historia como ‘Maria la Sanguinaria’. Ella rapidamente revive la misa Católica y prohíbe predicaciones protestantes. Luego comienza a perseguirlos.

Los franceses nuevamente tenían que huir. Tres ciudades los recibieron, Emden (ciudad calvinista en Friesland), Frankfort y Wesel (ciudades luteranas en Alemania). Para nuestro tema, nos interesa la congregación en Wesel. La ciudad les dio albergue, y también libertad de culto, para su crédito. A estas alturas las relaciones entre calvinistas y luteranos no eran buenas, a causa de las diferencias sobre la Santa Cena. Los calvinistas franceses le presentaron a la ciudad, gobernada por luteranos estrictos, una copia de su Confesión de Fe, la cual fue aceptada. Pero cuando la congregación francesa pidió poder celebrar la Santa Cena, les fue negado, y les dieron órdenes de participar en la celebración luterana. Este paso fue chocante para los calvinistas, ya que los luteranos celebraban la Cena con togas, candelas, un pan esculpido de manera especial, y afirmaban la presencia “corporal” de Cristo en la Cena. Para los calvinistas, todo el rito olía demasiado a Roma, y les causó un conflicto de consciencia. ¿Qué debían hacer? Dichosamente tenemos un record histórico del evento en una carta que Calvino les escribió. La congregación había apelado a Calvino para consejos, y en su carta #346 tenemos su respuesta.

En la primera parte de la carta Calvino los felicita por su fidelidad, y los anima a seguir fieles en su fe. Esencialmente concuerda con los calvinistas en Wesel que los ritos luteranos son “tonterías”, recuerdos innecesarios de Roma, y que todo cristiano debería luchar por que la práctica de la fe sea pura y de acuerdo a la Palabra de Dios.

Pero – y esta es la parte que muchos calvinistas ignoran – Calvino continua su carta. En la segunda parte de la carta, Calvino afirma con igual claridad que una administración incorrecta del sacramento no proveía un fundamento para romper la comunión. Las ceremonias “no afectan la sustancia de la fe”, y cuestiones de consciencia sobre “una candela o una toga” no deberían ser motivo de separarse del cuerpo de Cristo. Aún más fuerte, Calvino dice lo siguiente (citamos la carta #346)

“Ahora, como hemos dicho, es perfectamente lícito a los hijos de Dios a que se sometan a muchas cosas de las cuales no aprueban. El punto principal es este, hasta dónde se extiende esta libertad. Sobre este fundamento permítasenos establecer como punto firme, que debemos hacer concesiones mutuas en todas las ceremonias que no perjudiquen la confesión de nuestra fe, con el fin de que no sea destruída la unidad de la iglesia por un rigor excesivo o un capricho”.

Parte de la preocupación de Calvino es el testimonio al mundo, y a las iglesias luteranas. Pero el verdadero fundamento de su argumento es la necesidad y obligación de los cristianos a distinguir entre lo no-negociable, y las cosas secundarias. Calvino considera diferencias de entendimiento y práctica del sacramente como algo secundario.

En la Institución Calvino afirmó los siguientes principios:

“Vamos diciendo que el puro ministerio de la Palabra y la limpia administración de los sacramentos son prenda y arras de que hay Iglesia allí donde vemos tales cosas. Esto debe tener tal importancia, que no podemos desechar ninguna compañía que mantiene estas dos cosas, aunque en ella existan otras muchas faltas.
Y aún digo más: que podrá tener algún vicio o defecto en la doctrina o en la manera de administrar los sacramentos, y no por eso debamos apartarnos de su comunión. Porque no todos los artículos de la doctrina de Dios son de una misma especie. Hay algunos tan necesarios que nadie los puede poner en duda como primeros principios de la religión cristiana. Tales son, por ejemplo: que existe un solo Dios; que Jesucristo es Dios e Hijo de Dios; que nuestra salvación está en sola la misericordia de Dios. y así otras semejantes. Hay otros puntos en que no convienen todas las iglesias, y con todo no rompen la unión de la Iglesia …
… Éstas son las palabras del Apóstol: que si queremos ser perfectos, debemos tener un mismo sentir; por lo demás, si hay entre nosotros alguna diversidad de opinión, Dios nos lo revelará (Flp. 3:15). Con esto nos quiere decir que si surge entre los cristianos alguna diferencia en puntos que no son absolutamente esenciales, no deben ocasionar disensiones entre ellos. Bien es verdad que es mucho mejor estar de acuerdo en todo y por todo; mas dado que, no hay nadie que no ignore alguna cosa, o nos es preciso no admitir ninguna iglesia, o perdonamos la ignorancia a los que faltan en cosas que pueden ignorarse sin peligro alguno para la salvación y sin violar ninguno de los puntos principales de la religión cristiana (Institución, IV:I:12).

En otras palabras Calvino dice claramente que no debemos engañarnos. Si perseguimos la iglesia perfecta, no vamos a poder “admitir ninguna iglesia”. Y si reconocemos que no hay iglesia perfecta, entonces debemos “perdonar la ignorancia a los que faltan en cosas que no violan los puntos principales de la religión cristiana”. Calvino explícitamente se refiere a diferencias en la administración y comprensión de los sacramentos, como cosas que son secundarias.

Contra los que persiguen indebidamente una iglesia “pura” y “santa”, Calvino tiene palabras fuertes, y dedica varias secciones más contra todos los que han intentado crear iglesias puras, separadas, aisladas de todos los pecadores: cátaros y donatistas en la iglesia primitiva, y los anabaptistas de su tiempo. Usando frases reservadas para los que él considera enemigos del Evangelio, Calvino dice que estos, “creyendo tener una santidad perfectísima y ser unos ángeles, menosprecian la compañía de los hombres en quienes vieren la menor falta del mundo”.

Otros, según Calvino, pecan

“… más bien por un inconsiderado celo de justicia y rectitud, que por soberbia … éstos de quienes tratamos faltan también mucho de su parte, pues no saben medir su escándalo. Porque donde el Señor les manda usar de la clemencia, ellos, no teniéndola en cuenta para nada, emplean el rigor y la severidad. Pues al creer que no hay Iglesia donde ellos no ven una gran pureza y perfección de vida, so pretexto de aborrecer los vicios, se apartan de la Iglesia de Dios, pensando apartarse de la compañía de los impíos” (Institución, IV:I:13).

Recordemos que para Calvino “apartarse de la Iglesia” era apartarse de Dios, ya que para él no había salvación fuera de la Iglesia en circunstancias normales.

Consideraciones prácticas
Hoy entre los que se consideran hijos espirituales de Calvino encontramos iglesias que discrepan sobre los sacramentos. Probablemente algunos de los que dicen seguir a Calvino, y las confesiones de fe que salieron del calvinismo, no han leído lo suficiente a su maestro, ni han asimilado su teología muy bien. Hoy las discusiones entre presbiterianos y bautistas calvinistas, por ejemplo, a menudo se salen lejos de las consideraciones de Calvino. Bautistas excluyen a presbiterianos de la Cena del Señor, y presbiterianos condenan a bautistas de no ser “reformados”. Ninguna de estas dos actitudes armoniza ni con Calvino ni con el propósito de las confesiones.

Todos nos gusta tener “una causa”. Calvino sacrificó su comodidad, su salud, y su reputación en favor de una causa. Pero si nos equivocamos de causa, nos convertimos en un peligro para nosotros mismos, y para la verdad misma. Calvino fue autor directo de la Confesión de fe de Ginebra (1536, posiblemente junto con Farel), y también el padre espiritual de las otras confesiones de fe calvinistas. Sin embargo, Calvino mismo declara en su Institución que los cristianos estamos en la obligación de ejercer clemencia, amor, y bondad en muchos de los temas que tocan las confesiones en favor de la unidad de la iglesia. Y Calvino menciona especificamente la práctica de los sacramentos como una de las cosas secundarias que no tiene que romper nuestra union. Los que intentan aplicar las confesiones en su totalidad como “la regla necesaria para la comunión cristiana” están cometiendo una gran monstruosidad que Calvino mismo rechazó con vehemencia.

Juan Calvino luchó por el avance del Evangelio entre los no-creyentes. Sus enemigos no fueron los otros cristianos, aunque no concordaban plenamente con él. Lamentablemente ni los luteranos, ni muchos de los mismos calvinistas, le siguieron, y durante mucho tiempo se trataron como enemigos. A la luz de la historia podemos ver que Calvino tenía razón. Había mucho más que unía a Lutero y Calvino de lo que los separaba. Lo mismo podemos decir hoy. Habrá otros cristianos cuyas doctrinas y prácticas no se ajustan totalmente a nuestra confesion de fe. Sin embargo, ellos no deben ser tenidos por enemigos, sino por hermanos y aliados. La salud de la Iglesia y nuestro éxito en la guerra depende de que estemos totalmente claros en esto.
Dejo para el lector analizar el argumento más extenso de Calvino con el soporte bíblico que ofrece. A mi parecer, Calvino ha interpretado correctamente las Escrituras tocante los asuntos de las relaciones ecuménicas correctas, y el lugar de las confesiones. Los que desean aplicar las confesiones de otra manera, deben admitir que se han desviado del uso original de ellas, han introducido ideas novedosas en la fe Reformada, y el peso de prueba cae sobre ellos tanto a la luz de la historia, al igual que con respecto a las Escrituras.

Soli Deo Gloria

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4 comentarios

Archivado bajo Doctrina, Iglesia, Teología

4 Respuestas a “Juan Calvino y las relaciones ecuménicas

  1. Walter

    Excelente recopilación de datos históricos de la Iglesia de la Reforma y su clara exposición. Todo para la edificación y el crecimiento del cuerpo de Cristo, en unidad doctrinal y amor fraternal. Soli Deo Gloria

  2. Saludos hermano Green, muy buen articulo.
    Por muy fuerte y acalorada que fuera la discusión por la cena entre los reformadores, no creo que Calvino le negaría la mesa de Cristo a Lutero, ni Lutero a Calvino, ni Calvino a Zwinglio (estoy usando ejemplos federales de cada posición). Una cosa es que haya diferencia de criterio en cuanto a la presencia de Cristo en la cena, y otra muy diferente que se excluya a un creyente de la mesa de Cristo.
    No creo que sea pecado decirle a un bautista que no es reformado conforme a lo que esa palabra implica. Pero sí es pecado que un bautista excluya de la mesa de Cristo a un presbiteriano.
    Un bautista es mi hermano aunque no sea reformado, pero un bautista no puede decir que un presbiteriano, a quien le niega la mesa de Cristo es su hermano. Seria como divorciar las palabras de los actos. No se puede decir que alguien es tu hermano, y luego decirle: “no te sientes aquí en la mesa, come allá, apartado fuera de la comunión de todos”. Son contradicciones infantiles!!!
    No es pecado que un luterano crea que haya presencia corporal de Cristo en la cena, o que un zwingliano crea que el cuerpo de Cristo se hace presente “bajando” de forma espiritual, o que un reformado calvinista considere que “subimos nosotros” de forma espiritual a donde el cuerpo de Cristo esta. Pero sí es pecado que un luterano excluya de la mesa a un calvinista, o que un calvinista excluya de la mesa a un zwingliano. Porque ya sea “con el pan” (luteranos), “espiritualmente abajo” (zwinglianos) o “espiritualmente arriba” (calvinistas) CRISTO ESTA PRESENTE EN LA CENA!!! y no puede haber exclusión de hermanos en su mesa!!
    Considero que en este debate bautista-presbiteriano, la cosa no es ver quien es reformado y quien no, sino quien esta pecando en lo que hace.
    Si mi doctrina me lleva a pecar, entonces mi doctrina no es correcta.
    Excluir de la Reforma no es pecado, excluir de la mesa del Señor a un hijo de Dios, sí es pecado!!

    Saludos y bendiciones en Cristo!
    vuestro consiervo,
    Felipe Gonzalez

  3. Oscar Briones

    Cierto, pero la iglesia Luterana de Hoy está lejos de Martin Lutero del siglo XVI. Lo curioso es que hay presbiterianos que son ecuménicos con el catolicismo idólatra y maldecido por Dios en Éxodo 20.

  4. Su articulo plantea la necesidad de establecer 2 clases de ecumenismo. Actualmente es un termino peyorativo para referirse a la unión herética y apostata de la religión romana, con falsos evangelios de prosperidad y carismáticos. Igualmente para referirse a la alianza que busca el vaticano con todas las demás religiones (judaísmo, hinduismo, ortodoxa, etc). Diferente a confesiones de fe que coinciden en lo fundamental y concuerdan en las verdades innegociables del evangelio consignado en las escrituras y difieren en doctrinas que son de difícil interpretación. Diferencias que se basan en posturas que no están motivadas malintencionadamente, sino que reposan en el celo de ser fieles a la escritura. Por supuesto el defender las verdades absolutas del creador dadas en su revelación especial, no puede ser llamado “ecumenismo”.

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