No contristéis al Espíritu Santo de Dios

No contristéis al Espíritu Santo de Dios

(Efesios 4:25 – 5:2)

Hay diferentes tipos de epístolas. Hay las epístolas pastorales en las Pablo se dirige a un pastor de una iglesia, sea Timoteo o Tito. Hay epístolas generales en las que el autor como Pedro o Santiago se dirige a la iglesia en general, sin tener en cuenta una sola congregación. Pero hay epístolas contextuales y específicas, dirigidas a ciertas congregaciones y sus problemas particulares. Estas cartas se dirigen a congregaciones visibles y locales. La carta a los efesios es tal epístola. ¿Qué quiere decir Pablo a esta congregación local? Creo que podemos aprender mucho que se nos aplica aquí en nuestra congregación local.

Pablo quiere que los efesios entiendan algo sobrenatural sobre su vida comunal como una congregación local. Quiere que sepan cómo Dios los ve. Él dice: “Porque somos miembros los unos de los otros”. Pablo usa aquí una metáfora. ¿Qué es una metáfora? Una metáfora es una forma de expresión en la que una palabra o frase es aplicada a un objeto o acción al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación. La metáfora que Pablo utiliza es la de un cuerpo. La iglesia local se asemeja a un cuerpo, de la cual todos los miembros individuales son las partes. Mi cuerpo tiene cabeza, manos, piernas, orejas, ojos, corazón, dedos, boca, etc. Todas estas partes funcionan en conjunto para que el cuerpo sea sano. Esta es la misma metáfora que Pablo usa cuando habla a los Corintios de los dones espirituales. Pero aquí en Efesios, su punto no es la función de los miembros del cuerpo en sus dones, sino la unidad del cuerpo, es decir, la unidad de la iglesia. Mi cuerpo físico sólo funciona bien cuando todas sus partes están sanas y funcionan en conjunto, es decir, de una manera unida.

Esta es la realidad de lo que somos en Jesucristo. Somos un solo cuerpo, con Cristo como nuestra Cabeza, y nosotros sus miembros por fe. Somos unidos por Cristo en esta vida en la iglesia visible y local. Fíjense que Pablo no dice que somos “miembros de la iglesia”, sino “miembros los unos de los otros”. Es que en la iglesia local, cada miembro pertenece a Cristo, y porque todos pertenecemos a Cristo, cada miembro pertenece el uno al otro. Por ejemplo, una rompecabezas tiene muchas piezas y cuando estas piezas están todas conectadas, forman un cuadro. Las piezas son diseñadas para calzar la una con la otra y cuando le falta una pieza, el cuadro está incompleto. Volviendo a la metáfora del cuerpo, cada parte está conectada con las otras de una manera muy perfecta. Cuando el cuerpo pierde un miembro, todo el cuerpo sufre. Cuando un miembro está enfermo, todo el cuerpo lo siente. Y si un miembro del cuerpo está herido, no queremos cortar ese miembro, sino aplicar la medicina correcta para que se sane. Así es el cuerpo de Cristo, la iglesia en su manifestación local. Pablo se esfuerza por mostrar de una manera sorprendente la unidad del cuerpo de Cristo para que los miembros la guarden celosamente.

¿Qué significa “contristar al Espíritu Santo de Dios”?

La unidad es fácil cuando no hay conflictos entre hermanos. Pero es obvio que es no fue el caso en Éfeso. El amor no se prueba como genuino sino solo en la tempestad. Muy pocas iglesias no necesiten la amonestación de Pablo a los efesios. A los tesalonicenses Pablo dice: “Pero acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia” (1 Tes. 4:9-10). Ese en un testimonio muy precioso, pero no fue el de la mayoría de las iglesias que Pablo plantó. Tampoco fue la realidad en Éfeso. Pablo les advierte, “Y contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la rendención”.

¿Qué significa “contristar al Espíritu Santo de Dios”? El Espíritu Santo de Dios, el cual mora en nosotros por fe en Cristo, es contristado cuando la unidad de la iglesia es alterada o rota por el pecado de los miembros del cuerpo. El Espíritu Santo es contristado cuando hay pleitos y conflictos entre los hermanos que rompen su unidad y perturban su paz. ¿Cómo sucede esto? Esto sucede por medio de los pecados de pensamiento, palabra y obra.

A. Pecados de pensamiento

Pablo señala los pecados de pensamiento.

La ira

Pablo dice que la ira altera la paz y unidad de la iglesia y contrista al Espíritu Santo. Por eso dice: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo”. La ira es un sentimiento muy común entre nosotros. A veces, la ira es justificada. En otras palabras, tenemos una buena razón por estar enojados con nuestro hermano. Pero, si nos dejamos llevar por nuestra ira, se convierte en pecado. Cuando la ira tiene lugar en nuestras relaciones, rompe la unidad de la iglesia, y el diablo aprovecha para dividir la iglesia local. Sea un enojo justificado o no, debemos frenar nuestra ira pronto para que no se echen raíces de amargura, la cual contamina a muchos (Hebreos 12:15).

Amargura, enojo, ira

Pablo menciona estos tres sentimientos porque siempre van de la mano. Se ha dicho que lo que más destruye a la iglesia o la divide no son los pecados “grandes” como adulterios o fornicaciones, sino los pecados muy comunes como enojo y amargura. Estos pecados siempre suscitan divisiones y separación entre los hermanos. Siempre hacen daño al cuerpo. Pablo dice a los gálatas en Gálatas 5:15: “Pero si os mordéis y os coméis, mirad que también no os consumáis unos a otros”. Calvino comenta lo siguiente:

“Yo desearía que siempre recordáramos que cuando el diablo nos tiente a disputarnos que el desconcierto entre miembros de la iglesia no puede sino llevar a la ruina y consumición del cuerpo entero. Qué tan alarmante es, qué locura, cuando nosotros, quienes somos miembros del mismo cuerpo, seamos unidos voluntariamente para la destrucción mutua.”

Esto contrista al Espíritu Santo de Dios porque destruye al cuerpo de Cristo por el cual él vertió su propia sangre. Recordemos que estos pecados no son inocentes. Según Jesús, la ira, la amargura y el enojo son la raíz del homicidio (Mat. 5:21-26).

B. Pecados de palabra

También Pablo refiere los pecados de palabra. Pablo dice: “desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” y “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. Cuando nuestros sentimientos están desordenados, nuestras palabras serán ofensivas y nocivas. Pablo no solamente prohibe las groserías. Puede haber una persona que nunca habla groserías, pero con su boca, hace daño a su hermano. Los chismes, las palabras inaptas, las palabras falsas o crueles que hablamos destruyen a nuestro hermano y perturban la paz de la iglesia.

Gritería, maledicencia, y malicia

También Pablo menciona estos tres pecados, porque con malicia el hombre habla en contra su hermano y le hace daño. No nos damos cuenta del poder nuestra lengua. El proverbio dice que “La muerte y la vida en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (Prov. 18:21). Santiago también nos recuerda: “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Sant. 3:5-6).

La maldad que hablamos es del infierno y cuando con nuestras lenguas alteramos la paz de la iglesia, el Espíritu Santo es constristado.

C. Pecados de obra

Al final, Pablo menciona los pecados de nuestras obras. No sólo pecamos de pensamiento y palabra, sino también de obra. Dice, “El que hurtaba, no hurte más”. Tal vez usted diga, “Yo no hurto”. Pero es posible que no hayamos pensado en la esencia de este pecado. El catecismo de Heidelberg nos recuerda que además de defraudar a nuestro hermano de sus bienes, enriquecernos indebidamente y codiciar lo que pertenece a nuestro hermano, el hurto también incluye “todo uso inútil de nuestros dones” (CdH P.110). También dice el catecismo:

P. ¿Qué te ordena Dios en este mandamiento?

R. Buscar en la medida de mis fuerzas, aquello que sea útil a mi prójimo, de hacer con él lo que yo quisiera que hiciese conmigo, y trabajar fielmente a fin de poder asistir a los necesitados en su pobreza” (P.111).

Pero el hurto no es el único pecado que haga daño a la iglesia. Pablo escoge el hurto porque tal vez ese pecado fuera un problema en Éfeso, pero todo pecado de obra hace daño y altera la paz de la iglesia. Por eso dice el apóstol Juan: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18). Pues así dice también que “todo aquel que aborrece a su hermano es homicida” (1 Juan 3:15ª).

Cuando no amamos de hecho y en verdad, la unidad y paz de la iglesia es alterada y el Espíritu es contristado.

El antídoto

¿Qué es el antídoto de la desunión? ¿Cómo hacemos para no contristar al Espíritu Santo de Dios, por el cual fuimos sellados para el día de la redención? Pablo nos dice: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

El amor, la misericordia y el perdón nos guardará de la desunión. Alguien me dijo una vez que no tenía que perdonar porque no era pastor. Pero esto no dice Pablo a los pastores, sino a toda la iglesia. No es sólo el trabajo del pastor vigilar por la unidad y paz de la iglesia, sino el trabajo y llamado de todos nosotros. Colosenses 3:12-13 nos dice: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; 13soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”.

La membresía en la iglesia local no es fácil. Pero cuando nos unimos unos a otros el el vínculo de la iglesia, cuando vienen conflictos y disturbios de Satanás para destruir la iglesia de Dios, Dios nos señala a Cristo y su amor para con nosotros. ¿Cómo debemos amar al hermano? Tal como Cristo nos amó, amémonos los unos a los otros. Cristo nos perdonó todas nuestras ofensas. Tomó muy en serio el pecado, poniendo su vida por los malhechores, los cuales éramos nosotros. Nos halló cuando éramos sus enemigos y nos hizo hijos. En vista de todo el amor, benignidad y misericordia que Cristo nos mostró, ¿cómo podemos no perdonar a nuestro hermano sus faltas y pecados en contra de nosotros? Lo que se requiere de todo miembro es nada más que lo que Dios nos mostró en el evangelio. Por eso debemos ser: 1) humildes; 2) misericordiosos y 3) prontos para perdonar.

Así guardaremos la unidad y paz de la iglesia. Esto es nuestro llamado como miembros de la iglesia local. Por eso Pablo concluye: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”.

Pero si os mordéis y os coméis, mirad que también no os consumáis unos a otros. Mas bien, “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gal. 6:2).

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Archivado bajo Doctrina, Iglesia, Vida cristiana

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